A continuación, el teniente dio orden a la primera fila de cavar agujeros. No lo hicimos, aunque lo exigía tres veces.
Después tuvimos que formar, de nuevo, en fila a lo largo de la pared y con el rostro hacia la misma. A mi derecha estaba Alfredo Jordan, mi izquierda mi herma no y la izquierda de él Adolf Jordan, los otros no pude reconocer en la oscuridad. Cuando el teniente dio orden de matar a todos, traté de saber de dónde iban a disparar. Me di cuenta de que la derecha de Alfred, a distancia de un metro de él, un soldado estaba haciendo puntería la altura de las cabezas. Como antiguo soldado perci bí t a n pronto como él estaba queriendo liquidar a varios hombres con el mismo disparo, por qué bajé un poco la cabeza hacia adelante. Cuando el soldado dio el primer tiro cayeron a mi hermano y Alfred Jordan. También me dejé caer. Oí a los heridos gemir y debatirse en agonía, otros pidieron que siguieran tirando. Me di cuenta de que el teniente, con el faro en la mano, fue a ver a los heridos, uno por uno, y como un soldado que estaba detrás de nos otros fue dando tiros en aquel los que gritaban y gemían.
Un razonamiento leve me convenció que, cuando me tocara mi turno, o morir o enterrado vivo. Por eso, me levanté resueltamente, pasé junto a los soldados que estaban al lado y doblé la esquina del edificio. Yo conocía bien la loca lida d. Cua ndo me encontraba ya unos 20 metros lejos del lugar, oí tres detonaciones, pero debido a la oscuridad los disparos erraron el blanco. Dando mil vueltas, llegué a mi casa, la noche del día siguiente, contando a mi madre que las tropas alemanas ya habían atravesado la aldea.
El lunes 11 de septiembre, a las 12:30, vuelva a la propiedad Michalowo, donde encontré los cadáveres en una fosa llena de agua y de estiércol, cubiertos, apenas, con pocas palas de tierra. Mi hermano tenía la carótida perforada por una bala; Alfred Jordan que había estado a mi lado derecho, había recibido un tiro en la regi on temporal. Las cabezas de otros cadáveres estaban aplastadas por culatazos.
69. Mujer en adelantado estado de embarazo, fusilada y arrojada en el corral de cerdos. Asesinos de Helene Sonnenberg y Martha Bunkowski en Rudak.
Extraído de las actas de la Central de la Policía Criminal del Reich.- Comisión Especial de Bromberg- Distintivo: Tgb. V( RKPA) 1486 / 12. 39.
El 7 de septiembre de 1939, fueron asesinados, en la aldea Rudak, a pocos kilómetros al sureste de Thorn, entre los otras, las mujeres Helene Sonnenberg y Martha Bunkowski. Esos dos asesinatos representaban un cumulo de vileza y bajeza de tratarse, en el caso de Helena Sonnenberg, de 26 años de edad, la mujer del sacristán de la comunidad evangélica de Rudak, Albert Sonnenberg, de una mujer en estado avanzado de embarazo y madre de un niño de tres años. Estos crímenes, en particular, tienen su origen en la propaganda deliberadamente odiosa contra los eclesiásticos y los sacristánes evangélicos y contra las familias de los mismos. En consecuencia, de esa propaganda de odio, fue arrestado, en el 1 de septiembre de