Gisela Espinosa Damián l Martha Patricia Catañeda Salgado
y calidad de vida, tanto para quien es objeto del cuidado como para quien lo
lleva a cabo. Las mujeres han sido socializadas para ello asociando los cuidados
con la maternidad. Esta acepción ha contribuido a reducir la mirada sobre los
cuidados a las prácticas maternas, dejando de lado la aportación económica de
las mujeres en sus distintas actividades productivas y reproductivas, así como
el carácter eminentemente civilizatorio de éstas.
La perspectiva feminista de la ética del cuidado tiene al menos dos vertientes
relevantes, una esencialista y una crítica:
Mi propuesta se basa en la convicción de que el ecofeminismo ha de evitar los
peligros que encierra para las mujeres la renuncia al legado de la Modernidad. Para
ello, tiene que ser un pensamiento crítico que reivindique la igualdad, contribuya
a la autonomía de las mujeres, acepte con suma precaución los beneficios de
la ciencia y la técnica, fomente la universalización de los valores de la ética del
cuidado hacia los humanos, los animales y el reto de la Naturaleza, aprenda de
la interculturalidad y afirme la unidad y continuidad de la Naturaleza desde el
conocimiento evolucionista y el sentimiento de compasión. A esta tematización,
desde estas claves, del mundo humano y no humano en el marco de los crecientes
problemas medioambientales la denomino ecofeminismo crítico, en alusión a la
historia emancipatoria del pensamiento ilustrado en tanto recoge pero también
revisa su antiguo legado (Alicia H. Puleo, 2011).
Suscribimos esta última pues, a diferencia de la primera, supone que es un
atributo humano que no está (ni tiene que estar) ligado exclusivamente a las
mujeres ni a lo femenino sino, por el contrario, es (y puede ser) desarrollada
y ejercida por cualquier ser humano. Por otra parte, esta perspectiva reconoce
que la ética del cuidado puede extenderse a la naturaleza y se vincula con
preocupaciones ambientales y civilizatorias; con otra idea de ciudadanía y
con la construcción de sociedades justas, equitativas y democráticas.18 Esto
es así porque la premisa es que lo prevaleciente es precisamente lo opuesto,
es decir, prácticas de expoliación, excluyentes de las mayorías, extractivistas,
sin redistribución justa de los beneficios, irrespetuosas de los derechos y la
justicia ambiental, sustentado todo ello en las desigualdades de género. En otras
palabras: frente a “…un inevitable enfrentamiento entre la expansión económica
y la conservación del medio ambiente. Está aumentando la desigualdad
económica internacional, y el problema del hambre y la desnutrición se
muestran como uno de los asuntos más urgentes de la actualidad.” (Velasco
Sesma, 2010: 161-162), la ética del cuidado se erige como alternativa, no porque
las mujeres tengan una tendencia “natural” hacia el cuidado y protección
de los otros sino porque, al habérsele