Crisis Civilizatoria | Página 38

Gisela Espinosa Damián l Martha Patricia Catañeda Salgado y calidad de vida, tanto para quien es objeto del cuidado como para quien lo lleva a cabo. Las mujeres han sido socializadas para ello asociando los cuidados con la maternidad. Esta acepción ha contribuido a reducir la mirada sobre los cuidados a las prácticas maternas, dejando de lado la aportación económica de las mujeres en sus distintas actividades productivas y reproductivas, así como el carácter eminentemente civilizatorio de éstas. La perspectiva feminista de la ética del cuidado tiene al menos dos vertientes relevantes, una esencialista y una crítica: Mi propuesta se basa en la convicción de que el ecofeminismo ha de evitar los peligros que encierra para las mujeres la renuncia al legado de la Modernidad. Para ello, tiene que ser un pensamiento crítico que reivindique la igualdad, contribuya a la autonomía de las mujeres, acepte con suma precaución los beneficios de la ciencia y la técnica, fomente la universalización de los valores de la ética del cuidado hacia los humanos, los animales y el reto de la Naturaleza, aprenda de la interculturalidad y afirme la unidad y continuidad de la Naturaleza desde el conocimiento evolucionista y el sentimiento de compasión. A esta tematización, desde estas claves, del mundo humano y no humano en el marco de los crecientes problemas medioambientales la denomino ecofeminismo crítico, en alusión a la historia emancipatoria del pensamiento ilustrado en tanto recoge pero también revisa su antiguo legado (Alicia H. Puleo, 2011). Suscribimos esta última pues, a diferencia de la primera, supone que es un atributo humano que no está (ni tiene que estar) ligado exclusivamente a las mujeres ni a lo femenino sino, por el contrario, es (y puede ser) desarrollada y ejercida por cualquier ser humano. Por otra parte, esta perspectiva reconoce que la ética del cuidado puede extenderse a la naturaleza y se vincula con preocupaciones ambientales y civilizatorias; con otra idea de ciudadanía y con la construcción de sociedades justas, equitativas y democráticas.18 Esto es así porque la premisa es que lo prevaleciente es precisamente lo opuesto, es decir, prácticas de expoliación, excluyentes de las mayorías, extractivistas, sin redistribución justa de los beneficios, irrespetuosas de los derechos y la justicia ambiental, sustentado todo ello en las desigualdades de género. En otras palabras: frente a “…un inevitable enfrentamiento entre la expansión económica y la conservación del medio ambiente. Está aumentando la desigualdad económica internacional, y el problema del hambre y la desnutrición se muestran como uno de los asuntos más urgentes de la actualidad.” (Velasco Sesma, 2010: 161-162), la ética del cuidado se erige como alternativa, no porque las mujeres tengan una tendencia “natural” hacia el cuidado y protección de los otros sino porque, al habérsele