Crisis Civilizatoria | Seite 36

Gisela Espinosa Damián l Martha Patricia Catañeda Salgado una posición desventajosa, tanto para el papel del campesinado en la provisión de alimentos como en sus propios retos y condiciones de reproducción. A ello se suma la constatación de que ese modelo económico se articula estrechamente con el reforzamiento de elementos relacionales y organizacionales de corte patriarcal. La división sexual y generacional del trabajo y la distribución de recursos al interior de la UDC está condicionada a factores socioeconómicos y sociopolíticos más amplios, pero también al sistema sexo-género de la sociedad a la que pertenece, mismo que se asienta en elaboraciones de identidad y subjetividad, en normas y prácticas que inciden en la distribución desigual del poder, las decisiones, los recursos, el trabajo, los espacios y la representación del grupo, casi siempre favorables a los varones adultos.13 En la UDC se configuran posiciones de prestigio y reconocimiento, jerarquías relacionadas con mecanismos de dominación que actúan dentro y fuera de ella. Por tanto, no sólo constituye el espacio de los vínculos afectivos más inmediatos de las personas; es también el de relaciones y prácticas violentas, discriminatorias o de exclusión que contribuyen a mantener la desigualdad de género.14 A diferencia de la unidad doméstica urbana (UDU), la UDC rebasa el ámbito del hogar al abarcar el solar y la parcela donde se realizan tareas productivas y la familia opera como unidad socioeconómica (Espinosa, 2011:451). En varias fuentes15 se enfatiza el carácter alternativo de la UDC y de la comunidad rural ante la crisis social y ambiental: las tecnologías campesinas sustentables, las prácticas productivas apoyadas en la reciprocidad, la “irracionalidad” económica de sus decisiones productivas (no perseguir a toda costa la máxima ganancia), la tendencia a buscar el bienestar familiar y colectivo y una estrategia productiva que incluye cuidar el entorno en una perspectiva de largo plazo. Las mujeres rurales comparten esos saberes y prácticas alternativas que surgen en la historia social y productiva de la comunidad rural.16 Retomamos la definición de sistema sexo-género que propuso Gayle Rubin (1986: 97), según la cual se trata de un “…conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas.” 14 Un artículo fundamental para comprender la complejidad de relaciones de género que encierra la UDC es el de Soledad González Montes (2006). 15 Retomando un análisis general del tema, Velasco Sesma (2010) y Puleo (2008) mencionan casos y fuentes en distintos continentes que permiten identificar tendencias comunes en lo que respecta a la participación de las mujeres rurales y campesinas en estos proceso de conservación-formulación de propuestas alternativas locales al modelo económico global. 16 En este punto es importante retomar la siguiente consideración de Braidotti (2004:48): “Esta valoración de las formas de conocimiento de las mujeres podrán parecernos positivias, pero sí resulta muy dudoso promoverlas como conocedoras exclusivas y privilegiadas de los procesos naturales, ya que en las economías rurales del sur de México los hombres también poseen este tipo de conocimiento: la diferencia es que el de ellos se relaciona más con las áreas tradicionales de su trabajo”. 13 34