Gisela Espinosa Damián l Martha Patricia Catañeda Salgado
Introducción
Las lluvias acabaron con muchas milpas y con las cosechas
de maíz y frijol que casi estaban listas para levantarse…
con los deslaves se perdió la semilla… la lluvia arrancó la
malanga que crece en los arroyos… ya no se dan las guías
de chayote, calabaza y quelites (Guichicovi, Oaxaca).
Nos sentimos solas en la batalla por mantener a la familia
(Tenosique, Tabasco).3
Hoy mismo, casi mil millones de personas en el planeta están sufriendo hambre4
y millones de mujeres multiplican sus esfuerzos para mitigar esta carencia
alimentaria de sus seres queridos. Tal situación expresa uno de los efectos más
agudos de la inseguridad alimentaria5 agravada por los efectos del cambio climático,6
por ello es materia de discusión en foros mundiales. El papel que la sociedad
asigna a las mujeres de proveer alimentos a sus familias, las coloca en el último y
decisivo eslabón de la cadena alimentaria, eslabón invisibilizado por los grandes
“tomadores de decisiones” pese a que es precisamente ahí donde la seguridad
alimentaria se pone a prueba todos los días y donde las mujeres –en especial
las que viven en condiciones precarias–, sienten y enfrentan las dificultades
acumuladas en las fases previas del proceso alimentario, ya sean desastres
productivos ocasionados por fenómenos naturales, falta de recursos propios o
carestía provocada por la especulación de grandes empresas agroalimentarias.
Existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento
acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer
sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin
de llevar una vida activa y sana. (Cumbre Mundial sobre la Alimentación, 1996,
citado en