Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
ahora se dirigía a la mesa, e inmediatamente después se acercaba
a la ventana, para volver en seguida al lado de la mesa. En sus
paseos rehuía la mirada retadora de Raskolnikof, después de lo
cual se detenía de pronto y le miraba a la cara fijamente. Era
extraño el espectáculo que ofrecía aquel cuerpo rechoncho, cuyas
evoluciones recordaban las de una pelota que rebotase de una a
otra pared.
Porfirio Petrovitch continuó:
-Nada nos apremia. Tenemos tiempo de sobra... ¿Fuma usted?
¿Acaso no tiene tabaco? Tenga un cigarrillo... Aunque le recibo
aquí, mis habitaciones están allí, detrás de ese tabique. El Estado
corre con los gastos. Si no las habito es porque necesitan ciertas
reparaciones. Por cierto que ya están casi terminadas. Es
magnífico eso de tener una casa pagada por el Estado. ¿No opina
usted así?
-En efecto, es una cosa magnífica -repuso Raskolnikof, mirándole
casi burlonamente.
-Una cosa magnífica, una cosa magnífica -repetía Porfirio
Petrovitch distraídamente-. ¡Sí, una cosa magnífica! -gritó,
deteniéndose de súbito a dos pasos del joven.
La continua y estúpida repetición de aquella frase referente a las
ventajas de tener casa gratuita contrastaba extrañamente, por su
vulgaridad, con la mirada grave, profunda y enigmática que el
juez de instrucción fijaba en Raskolnikof en aquel momento.
Esto no hizo sino acrecentar la cólera del joven, que, sin poder
contenerse, lanzó a Porfirio Petrovitch un reto lleno de ironía e
imprudente en extremo.
-Bien sé -empezó a decir con una insolencia que, evidentemente,
le llenaba de satisfacción- que es un principio, una regla para
todos los jueces, comenzar hablando de cosas sin importancia, o
de cosas serias, -si usted quiere, pero que no tienen nada que ver
con el asunto que interesa. El objeto de esta táctica es alentar,
por decirlo así, o distraer a la persona que interrogan,
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