Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
inquietudes, aquellas inquietudes rayanas en el terror, eran más
angustiosas.
Mientras reflexionaba en todo esto y se preparaba para una
nueva lucha, Raskolnikof empezó a temblar de pronto, y se
enfureció ante la idea de que aquel temblor podía ser de miedo,
miedo a la entrevista que iba a tener con el odioso Porfirio
Petrovitch. Pensar que iba a volver a ver a aquel hombre le
inquietaba profundamente. Hasta tal extremo le odiaba, que temía
incluso que aquel odio le traicionase, y esto le produjo una cólera
tan violenta, que detuvo en seco su temblor. Se dispuso a
presentarse a Porfirio en actitud fría e insolente y se prometió a sí
mismo hablar lo menos posible, vigilar a su adversario,
permanecer en guardia y dominar su irascible temperamento. En
este momento le llamaron al despacho de Porfirio Petrovitch.
El juez de instrucción estaba solo en aquel momento. En el
despacho, de medianas dimensiones, había una gran mesa de
escritorio, un armario y varias sillas. Todo este mobiliario era de
madera amarilla y te pagaba el Estado. En la pared del fondo
había una puerta cerrada. Por lo tanto, debía de haber otras
dependencias tras aquella pared. Cuando entró Raskolnikof,
Porfirio cerró tras él la puerta inmediatamente y los dos quedaron
solos. El juez recibió a su visitante con gesto alegre y amable;
pero, poco después, Raskolnikof advirtió que daba muestras de
cierta violencia. Era como si le hubieran sorprendido ocupado en
alguna operación secreta.
Porfirio le tendió las dos manos.
-¡Ah! He aquí a nuestro respetable amigo en nuestros parajes.
Siéntese, querido... Pero ahora caigo en que tal vez le disguste
que le haya llamado «respetable» y «querido» así, tout court . Le
ruego que no tome esto como una familiaridad. Siéntese en el
sofá, haga el favor.
StudioCreativo ¡Puro Arte!
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Comentario [L43]: Sin más ni más.