Crimen y Castigo - Fiódor Dostoyewski
toda comodidad, sin que turbara su satisfacción la molestia de
permanecer de pie media hora.
V
Cuando, al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikof fue a
ver al juez de instrucción, se extrañó de tener que hacer diez
largos minutos de antesala. Este tiempo transcurrió, como
mínimo, antes de que le llamaran, siendo así que él esperaba ser
recibido apenas le anunciasen. Allí estuvo, en la sala de espera,
viendo pasar personas que no le prestaban la menor atención. En
la sala contigua trabajaban varios escribientes, y saltaba a la vista
que ninguno de ellos tenía la menor idea de quién era Raskolnikof.
El visitante paseó por toda la estancia una mirada retadora,
preguntándose si habría allí algún esbirro, algún espía encargado
de vigilarle para impedir su fuga. Pero no había nada de esto. Sólo
veía caras de funcionarios que reflejaban cuidados mezquinos, y
rostros de otras personas que, como los funcionarios, no se
interesaban lo más mínimo por él. Se podría haber marchado al
fin del mundo sin llamar la atención de nadie. Poco a poco se iba
convenciendo de que si aquel misterioso personaje, aquel
fantasma que parecía haber surgido de la tierra y al que había
visto el día anterior, lo hubiera sabido todo, lo hubiera visto todo,
él, Raskolnikof, no habría podido permanecer tan tranquilamente
en aquella sala de espera. Y ni habrían esperado hasta las once
para verle, ni le habrían permitido ir por su propia voluntad. Por lo
tanto, aquel hombre no había dicho nada..., porque tal vez no
sabía nada, ni nada había visto (¿cómo lo habría podido ver?), y
todo lo ocurrido el día anterior no había sido sino un espejismo
agrandado por su mente enferma.
Esta explicación, que le parecía cada vez más lógica, ya se le
había ocurrido el día anterior en el momento en que sus
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