-Todos los que estamos aquí hemos pasado por esto, la manzana significa una ofrenda de bienvenida. Así que, porfavor acéptala.- con una sonrisa cálida, el niño accedió y la mordió.
El pobre niño empezaba a sentirse mareado, perdía el sentido de la orientación y de la vista, no tenía la decencia de siquiera reconocerse. Caos y desesperación se planteaban en su cabeza, no sabía que estaba sucediendo. Cayó dormido.
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Una gran aurora de luces lo envolvieron por unos segundos, luces de colores fríos que llenaban toda esa caseta, las tres personas allí presentes solo se quedaron esperando que su embrujo diera frutos.
Cuando el show de luces terminó, el niño estaba convertido en un muñeco manejado por hilos.
Tenía aspecto alegre, ropa colorida y mejillas rojas.
Tenía los ojos cerrados aún, por los efectos de la manzana, pero pronto despertaría.
-¿Cómo lo llamaremos?- pregunto la joven que estaba al lado de la anfitriona.
-Pinocho.- respondió la jefa, todos asintieron ante su respuesta, ese sería el apodo del niño ahora muñeco.
-Decidido… Pero, ¿Qué hará?.- preguntó el hombre.
-Cantará, aún no tenemos a nadie en el grupo que asista esa tarea.- dijo la principal, todos asintieron de nuevo.
El niño despertó.
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Una semana había pasado desde que el niño había entrado a ese lugar. El muñeco estaba muy triste, intentaba escapar, pero siempre lo capturaban de nuevo. Intentó gritar, nadie lo escuchaba. También, veía papeles en el suelo por su desaparición con su rostro y la gran suma de dinero de recompensa por encontrarlo.
Quería vivir a su vida normal, vida que todo niño debería vivir, derecho que todo niño debería tener. Se despreciaba por estar encerrado sin un fin más que el de cantar. La anfitriona lo obligaba y amenazaba con arrebatar su vida si corrompía las reglas del lugar.
Estar obligado a obedecer y cumplir ordenes, día y noche, torturando cada vez más a su persona, convirtiéndolo en la mejor oveja del rebaño.
El muñeco, acabo pudriéndose en ese lugar, desgastando su sistema y terminando muerto.
Más de noventa años encasillado, donde su único trabajo era existir, obedecer y cumplir. Nadie supo de él desde aquel entonces.
Su show siempre empezaba a las siete y terminaba a las ocho, esa fue la hora en la que murió.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.