Congresos y Jornadas Didáctica de las Lenguas y las Literaturas - 2 | Page 891

ges), recibe de manos de un extraño vendedor un libro pesado. Lo que llama la atención de este libro es que la numeración de sus páginas no es correlativa y, una vez que se pasa una página, resulta imposible volver a encontrarla. El vendedor le explica a Borges que el nombre con que él mismo lo adquirió de manos de un mendigo es “Libro de Arena”: “Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.” (Borges, 1991: 69). Borges compra el libro por algo de dinero y una antigua Biblia y, al poco tiempo, el objeto se convierte en una pesadilla. Borges sólo vive para el libro, que estudia sin descanso; sueña con él en los breves momentos en que vence al insomnio. Después de muchos intentos, logra deshacerse de él, escondiéndolo en un anónimo anaquel de la Biblioteca Nacional (de la que el propio Borges fue Director). La obsesión por un objeto; la desorientación frente al orden aleatorio, no-orden u orden desconocido; y la simple presunción de que tanto el Libro de Arena como Internet, a modo de agujero negro, contienen toda la información existente son ideas que, cuando se instalan en la mente, impacientan hasta quitar el sueño. La circularidad, la infinitud, los laberintos resultan continente y contenido de la obra completa de Borges. El “Libro de Arena” se componen de textos sin referencias o delimitaciones, libres de la caducidad propia de los materiales y de la estaticidad de las letras en el papel: un libro infinito, inmortal y dinámico, tal como se puede pensar la categoría “texto digital”. La arena, en un reloj, encerrada en un cristal, marca la temporalidad, sin embargo la arena en el desierto representa la inmensidad, el tiempo infinito y el espacio sin fronteras. Jorge Luis Borges en “Los dos reyes y los dos laberintos” (1952) presenta al desierto como un laberinto sin salida: Investigación y Práctica en Didáctica de las Lenguas 877