precisamente el momento en que las fuerzas de paz del otro bando aprovechaban para llamar
al 092 y empezar a regar las plantas de las terrazas a manguera abierta con la sana intención
de mojar a los cantantes. Así un día y otro día.
De modo que a los seis meses Ricardo había recibido más de una indirecta para alistarse en
alguno de los dos bandos contendientes. Trató de evitar cualquier partidismo, pero no era
tarea fácil. En las primeras juntas de vecinos a las que asistió – se convocaban con urgencia y
cada mes, aunque siempre con el mismo orden del día repleto de dimes y diretes – se vio
envuelto en un enfrentamiento directo al viejo estilo de la guerra fría. El bando de los del A se
enzarzaban sistemáticamente contra el bando de los del B, en un recuerdo de lo que eran
aquellas viejas peleas escolares en las que los alumnos se liaban a mamporros exclusivamente
por el hecho de que sus apellidos comenzaran por d o por p.
Su intento de permanecer al margen resultó baldío. Le invitaron a tomar café los del piso de
abajo; a una copa los de la puerta de al lado; a comer la señora del tercero derecha, y a una
timba de cartas, que acabó como el rosario de la aurora, los del bajo derecha, que, dicho sea
de paso eran los más simpáticos de todos. Con independencia, naturalmente, de la posición
que mantuvieran en el conflicto local.
Mosqueado por tanta amabilidad, cogió papel y lápiz y echó cuentas: su voto no era
decisivo. El Club de los Amigos de la Sardinada estaba en amplia minoría, pero hacían lo que
les daba la gana. De modo que su participación no cambiaría nada en la tensa relación de
fuerzas. A la altura que se había llegado, la casa era una auténtica anarquía: cada cual hacía lo
que le venía en gana, con la única condición de que molestara al contrario, siempre jaleado
por los de su propio bando.
Al año tiró la toalla. El pisito era mono; le había salido relativamente barato, aunque los del
banco le sacaban un ojo de la cara con la hipoteca; y estaba en un sitio inmejorable. Pero no
podía soportarlo más. A las siete de la mañana empezaba la jarana, y antes de la las tres de la
madrugada nadie podía pegar ojo. Cuando unos trasnochaban, los otros, que, como es
natural, se habían pasado la noche pegando porrazos en las paredes, salían a la escalera
cantando y con la radio a todo meter para impedir que los trasnochadores durmieran por la
mañana.
Siempre había tenido una mala opinión de las comunidades de vecinos, pero nunca pensó
qu