de un modesto rubor: nunca había estado tan bonita; pero cuando entramos en el salón se
puso completamente pálida, lo que la ponía cien veces más bonita todavía.
Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era «tan inteligente». Pero cuando la vio
mirándola con sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y tan buenos, lanzó un
ligero grito de sorpresa, se lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente su mejilla
inocente contra la de aquella.
Nunca había sido tan feliz; nunca había estado tan contento como cuando las vi sentarse
una al lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora mirando con afecto los ojos cariñosos de Agnes! ¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que Agnes la miraba!
Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi alegría a su manera. Nunca había visto
un té tan alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía circular el pudding, helado,
con pasas de Corinto. A las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros, picotear los
granos y el azúcar. Miss Lavinia nos miraba con benévola protección, como si nuestro
amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos estábamos contentos unos de otros.
La dulce serenidad de Agnes había conquistado a todos. Parecía haber venido a
completar nuestro feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba de todo lo que
interesaba a Dora! ¡Cómo había sabido hacerse enseguida amiga de.lip! ¡Con qué amable
alegría bromeaba con Dora, que no se atrevía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué
gracia modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada, una multitud de pequeñas
confidencias que la hacían enrojecer hasta el blanco de los ojos!
-¡Estoy tan contenta de que me quieras! -dijo Dora cuando terminamos de tomar el té-.
No estaba muy segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado, todavía necesito más que
me quieran.
Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho impor tante de que miss Mills se había
embarcado para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitarla a bordo del barco en el
puerto de Gravesend. Nos habían dado para merendar jengibre, guayaba y otras golosinas
del mismo género, y habíamos dejado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a bordo
con un grueso cuaderno debajo del brazo, donde se proponía escribir todos los días, y
guardar cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le inspirase el espectáculo del
océano.
Agnes dijo que temía no haber hecho de ella un retrato demasiado agradable; pero Dora
le aseguró enseguida lo contrario.
-¡Oh, no! --dijo sacudiendo sus bucles- Al contrario, sus alabanzas no terminaban y
tiene tanto en cuenta tu opinión, que yo casi la temía.
-Mi opinión no puede añadir ni quitar nada de su afecto por ciertas personas -dijo
Agnes sonriendo.
-¡Oh!, repítemelo enseguida -repuso Dora con su voz más acariciadora.
Nos divertimos mucho viendo que Dora quería a toda costa que la quisieran.
Después, para vengarse, me dijo tonterías, declarando que no me quería nada, y con
aquellas chiquilladas la tarde nos pareció muy corta. El ómnibus iba a pasar y había que
marcharse. Estaba solo ante el fuego, cuando Dora entró despacito para besarme antes de
mi partida, según su cos tumbre.
-Doady, ¿no crees que si hubiera tenido una amiga así desde hace mucho tiempo - me
dijo con los ojos brillantes y su manita jugando con uno de mis botones- qu iza seria más
inteligente de lo que soy?
-Querida mía - le dije-, ¡qué locura!
-¿Crees que es una tontería? -repuso Dora sin mirarme-. ¿Estás seguro?
-Completamente seguro.