Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse las mejillas de tal modo, que debían
tocarse en el interior, mientras continuaba mirándome con la misma mirada oblicua y
falsa.
-Es lo que se llama una mujer bonita --continuó cuando su rostro recobró la forma
natural-, y comprendo que no mire con buenos ojos a un hombre como yo. Por eso estoy
seguro de que enseguida hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más; pero si no
soy del gusto de las señoras, mister Copperfield, eso no impide que tenga ojos y que vea.
En general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos ojos y sabemos servirnos de ellos.
Traté de goner una expresión despreocupada; pero adivi naba en su rostro que no le
engañaba.
-No quiero dejarme pegar, Copperfield --continuó, frunciendo con expresión diabólica
el sitio en que deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera tenido-, y haré lo posible
para poner término a esta amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que mi naturaleza
no es la de un marido cómodo, y quiero alejar a los intrusos. No tengo ganas de
exponerme a que conspiren contra mí.
-Como usted está siempre conspirando, se figura que todo el mundo hace lo mismo -le
dije.
-Es posible, míster Copperfield -respondió--; pero yo tengo un objetivo, como solía
decir mi asociado, y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha que sea mi
humildad, no me dejo pisar. No quiero que nadie se interponga en mi camino. Y
realmente les haré volver la espalda, míster Copperfield.
-No le comprendo --dije.
-¿De verdad? -respondió con uno de sus estremecimientos habituales-. Me sorprende
mucho, míster Copperfield. ¿Usted, de tan rápida comprensión? Otra vez trataré de ser
más explícito. Pero ¿no es precisamente míster Maldon el que llega por allí a caballo? Me
parece que llama en la verja.
-Sí; parece que es él -respondí con toda la indiferencia que pude.
Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos entre sus rodillas y se dobló en dos a
fuerza de reír. Era una risa silenciosa; no se le oía. Yo estaba tan indignado por su
conducta odiosa, y sobre todo por sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más
ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el jardín, donde parecía un espantapájaros
para los gorriones.
No fue aquella tarde, sino dos días después, un sábado, lo recuerdo muy bien, cuando
llevé a Agnes a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la visita con miss Lavima
y habían invitado a Agnes a que tomara el té.
Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; orgulloso de mi querida y pequeña Dora;
inquieto por ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino de Putney (Agnes iba en
el ómnibus y yo en la imperial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus aspectos
encantadores que yo conocía tan bien, y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla
exactamente como en tal momento, como pensaba que quizá se ría mejor como en tal otro.
Tenía fiebre.
De todos modos tenía la seguridad de que estaría muy bonita; pero sucedió que nunca
me había parecido tan encantadora. No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus
dos tías; había huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había que it a buscarla, y la
encontré tapándose los oídos con las manos y la cabeza apoyada contra la misma pared
del primer día.
En el primer momento me dijo que no quería ir; después me pidió que le concediera
cinco minutos de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo rostro estaba cubierto