me llevaron a mí muchos prisioneros. En cuanto a las autoriza ciones de matrimonio, la
competencia era tan formidable, que un pobre señor tímido que venía con ese objeto
hacia nosotros no tenía mejor cosa que hacer que abandonarse al primer agente que se le
presentase si no quería ser causa de guerra y presa del ve ncedor. Uno de estos empleados
en esta especialidad no abandonaba nunca su sombrero cuando estaba sentado, con objeto
de estar siempre dispuesto a lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el horizonte.
Aquel sistema de persecución todavía está en vigor, según creo. La última vez que yo fui
a «Doctors Commons» , un hombre muy educado, revestido de un delantal blanco, me
saltó encima brus camente, murmurando a mi oído las palabras sacramentales: « ¿Una
autorización de matrimonio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara en brazos al
estudio de un procurador.
Pero después de estas digresiones pasemos a Dover.
Encontré todo en un estado muy satisfactorio y pude halagar la pasión de mi tía
contándole que su inquilino había he redado sus antipatías y hacía una guerra encarnizada
a los asnos. Pasé una noche en Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día siguiente
muy temprano me dirigí a Canterbury. Estábamos en invierno; el tiempo fresco y el
viento fuerte reanimaron un poco mi espíritu.
Erraba lentamente a través de las antiguas calles de Canterbury con una alegría
tranquila, que me serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las tiendas, los
nombres, las caras conocidas. Me parecía que hacía tanto tiempo que ha bía estado en el
colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido comprender cómo había cambiado tan
poco, si no hubiera pensado en lo poco que también había cambiado yo. Lo que es
extraño es que la influencia dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamiento de
Agnes parecía extenderse sobre el lugar en que habitaba. Encontraba en todo una serenidad, una apariencia tan tranquila y pensativa en las torres de la venerable catedral como
en los viejos cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los edificios antiguos una sensación de soledad mayor de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absoluto; también
la había en las puertas en ruinas, antes decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo.
Tanto en los peregrinos respetuosos que les rendían homenaje, como en los nichos
silenciosos donde la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo largo de los muros de
las casas viejas; y como el paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como Agnes, el
espíritu de tranquila inocencia, bálsamo soberano para un alma inquieta.
Llegado a la puerta de míster Wickfield me encontré a míster Micawber, que dejaba
correr su pluma con la mayor actividad en la habitacioncita del primer piso, donde antes
solía estar Uriah Heep. Estaba todo vestido de negro y su maciza persona llenaba por
completo el pequeño despacho donde trabajaba.
Míster Micawber parecía a la vez encantado y confuso de verme. Quería llevarme
inmediatamente a ver a Uriah; pero yo me negué.
-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y sabré encontrar mi camino. ¡Y bien!
¿Qué dice usted del Derecho, míster Micawber?
-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un hombre dotado de una imaginación
trascendental, los estudios del Derecho tienen un lado muy malo; le ahogan en los
detalles. Hasta en nuestra correspondencia de negocios --dijo míster Micawber lanzando
una mirada sobre las cartas que escribía-, el espíritu no tiene la libertad de tomar la
expresión sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un gran trabajo, ¡un gran trabajo!
Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua casa de Uriah Heep, y que mistress
Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo.
-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para servirme de la expresión favorita de
mi amigo Heep; pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a otras más ambiciosas.