que llevan tan lejos a tantas criaturas humanas, podrían úni camente ayudarme a
franquearlo.
CAPÍTULO XIX
WICKFIELD Y HEEP
Mi tía supongo que empezó a preocuparse seriamente por mi abatimiento prolongado, a
ideó enviarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba bien en su casita, que había
alquilado, y con objeto de renovar el alquiler con el inqui lino actual. Janet había entrado
al servicio de mistress Strong, donde la veía todos los días. Había estado indecisa, al dejar
Dover, respecto a si confirmaría o denegaría de una vez el renunciamiento desdeñoso por
el sexo masculino que había sido el fundamento de su educación. Se trataba de casarse
con un piloto. Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en honor del principio en sí
mismo que porque el piloto no la acabara de gustar.
Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me parecieron bastante bien las
intenciones de mi tía; aquello me proporcionaría el placer de pasar unas cuantas horas
tranquilas al lado de Agnes. Consulté al doctor para saber si podría ausentarme tres días,
y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero me interesaba demasiado mi trabajo
para tomarme unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a partir.
En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores, no tenía por qué preocuparme del
trabajo. A decir verdad, no estábamos en olor de santidad entre los procuradores de
primer vuelo; es más, habíamos caído casi en una situación equívoca. Los negocios en
tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spenlow, no habían sido muy brillantes.
Después el difundo socio los había animado renovando con una infusión de sangre joven
la vieja rutina del estudio y les había dado algo de brillo con su tren de vida; pero aquello
no reposaba sobre bases bastante sólidas para que la muerte repentina de su principal
director no lo quebrantara. Los negocios disminuyeron sensiblemente. Míster Jorkins, a
pesar de la reputación que tenía entre nosotros, era un hombre débil e incapaz, y su
reputación, de puertas a fuera, no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster
Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez que le veía tomar tabaco e interrumpir
el trabajo sentía más las mil libras de mi tía.
Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal de Doc tores una cantidad de
desocupados que, sin ser procuradores, se apoderaban de gran parte de los negocios, para
hacerlos ejecutar enseguida por verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus
nombres a cambio de una parte del dinero. Como necesitábamos negocios a toda costa,
nosotros nos asociamos a aquella noble corporación y tratamos de atraerlos. Lo que
pedían sobre todo, por ser lo que más producía, eran las autorizaciones de matrimonio o
las actas probatorias para validez de testamento; pero todos querían obtenerlos, y la
competencia era tanta, que se ponían de plantón a la entrada de las galerías que conducían
al Tribunal enviados encargados de atrae rse a los despachos respectivos a todas las
personas de luto y a todos los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan fielmente
ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo conocido que era, fui « raptado» para el estudio
de nuestro más temible rival. Los intereses contrarios de aquellos reclutadores modernos
solían terminar en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal agente, que había
empezado por el comercio de vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el
escandaloso espectáculo, durante algunos días, de tener un ojo negro. Estos virtuosos
personajes no tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano para que bajara del
coche a alguna anciana señora de luto, de matar de golpe al procurador por quien
preguntaba, presentando a su patrón como legítimo sucesor del difunto y llevando en
triunfo a la anciana, a veces todavía conmovida por la noticia que acababan de darle. Así