Es bueno que los padres:
confíen en sus hijos.
sepan perdonarlos
los elogien en público y los corrijan a solas.
solucionen los problemas con buen humor.
los reprendan sin herir.
no les griten; no los insulten ni golpeen
Los expertos dicen que esta
es la primera generación de
padres "doblemente
mandados": han obedecido
a sus padres y ahora
obedecen a sus hijos.
Hijos libres y felices
Autoconocimiento, autoestima, autonomía y autogobierno
Son cimientos sólidos para el desarrollo de una personalidad armónica.
Los padres han de colaborar para que los hijos se conozcan, se valoren, se valgan por sí
mismos y se autogobiernen.
Autoconocimiento: cuando los padres conocen a fondo a sus hijos y les muestran
sus fortalezas y debilidades los ayudan a tomar conciencia de sí mismos.
Autoestima: colaborar con los hijos para que se valoren y aprendan a quererse. El
niño desarrolla la autoestima fundamentalmente a partir del amor incondicional de
sus seres significativos.
Autonomía: es bueno que se hagan cargo de sí mismos y sean independientes
tomando pequeñas decisiones luego de reflexionarlas. La autonomía reforzará su
seguridad. Sólo la persona autónoma es capaz de entregarse.
Autogobierno: es el dominio de sí mismo. Sólo quien se posee es capaz de amar de
verdad. Los padres pueden ayudar a sus hijos desde pequeños a postergar sus
satisfacciones inmediatas y a orientar sus impulsos. Sólo así podrán desplegar su
libertad y aprender a amar y a convivir.
Recordemos que un niño desarrolla el autoconocimiento v la autoestima por espejo, a partir del
conocimiento y el amor de sus seres queridos.
Criar hijos sanos y fuertes significa favorecer su autonomía y responsabilidad conforme a su edad.
Es papel de los padres educar a sus hijos para que asuman la responsabilidad de sus actos. Por ello,
es bueno que —ya desde niños— les enseñen a reconocer errores, y a relacionar causas y
consecuencias de sus actos.
¿Irresistible?
En los años 70, Walter Mischel, profesor de psicología de la Universidad de Stanford realizó una
investigación con niños de 4 años. Para ello los dejó solos frente a una golosina y les dijo que
regresaría en 15 minutos. Si en su ausencia no la comían, cuando él regresara les traería otra y
podrían comer ambas. Algunos lucharon contra la tentación y encontraron una forma de resistir,
otros no pudieron esperar al regreso del investigador y comieron el dulce.
Quince años más tarde, los niños que habían logrado postergar la gratificación mostraron mayor
capacidad para planificar, pensar en el futuro, hacer frente a los problemas y llevarse bien con sus
compañeros. Los niños que fueron ganados por la tentación eran más propensos a tener problemas
de comportamiento, tanto en la escuela como en casa.
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