Catequesis en Familia | Page 4

Es bueno que los padres: confíen en sus hijos. sepan perdonarlos los elogien en público y los corrijan a solas. solucionen los problemas con buen humor. los reprendan sin herir. no les griten; no los insulten ni golpeen Los expertos dicen que esta es la primera generación de padres "doblemente mandados": han obedecido a sus padres y ahora obedecen a sus hijos. Hijos libres y felices Autoconocimiento, autoestima, autonomía y autogobierno Son cimientos sólidos para el desarrollo de una personalidad armónica. Los padres han de colaborar para que los hijos se conozcan, se valoren, se valgan por sí mismos y se autogobiernen. Autoconocimiento: cuando los padres conocen a fondo a sus hijos y les muestran sus fortalezas y debilidades los ayudan a tomar conciencia de sí mismos. Autoestima: colaborar con los hijos para que se valoren y aprendan a quererse. El niño desarrolla la autoestima fundamentalmente a partir del amor incondicional de sus seres significativos. Autonomía: es bueno que se hagan cargo de sí mismos y sean independientes tomando pequeñas decisiones luego de reflexionarlas. La autonomía reforzará su seguridad. Sólo la persona autónoma es capaz de entregarse. Autogobierno: es el dominio de sí mismo. Sólo quien se posee es capaz de amar de verdad. Los padres pueden ayudar a sus hijos desde pequeños a postergar sus satisfacciones inmediatas y a orientar sus impulsos. Sólo así podrán desplegar su libertad y aprender a amar y a convivir. Recordemos que un niño desarrolla el autoconocimiento v la autoestima por espejo, a partir del conocimiento y el amor de sus seres queridos. Criar hijos sanos y fuertes significa favorecer su autonomía y responsabilidad conforme a su edad. Es papel de los padres educar a sus hijos para que asuman la responsabilidad de sus actos. Por ello, es bueno que —ya desde niños— les enseñen a reconocer errores, y a relacionar causas y consecuencias de sus actos. ¿Irresistible? En los años 70, Walter Mischel, profesor de psicología de la Universidad de Stanford realizó una investigación con niños de 4 años. Para ello los dejó solos frente a una golosina y les dijo que regresaría en 15 minutos. Si en su ausencia no la comían, cuando él regresara les traería otra y podrían comer ambas. Algunos lucharon contra la tentación y encontraron una forma de resistir, otros no pudieron esperar al regreso del investigador y comieron el dulce. Quince años más tarde, los niños que habían logrado postergar la gratificación mostraron mayor capacidad para planificar, pensar en el futuro, hacer frente a los problemas y llevarse bien con sus compañeros. Los niños que fueron ganados por la tentación eran más propensos a tener problemas de comportamiento, tanto en la escuela como en casa. 4