Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Seite 64

ruso, señaló el mapa de Estados Unidos y la U.R.S.S. sostenido por manos amorosas, y preguntó, “¿Americanski?” Respondí: “Da, Americanski. Droozhba, emir”. Me estrechó ambas manos como si fuéramos hermanos perdidos durante mucho tiempo y repitió: “¡Americanski!” Esta vez había reconocimiento y amor en su exclamación. En los siguientes minutos, él y su esposa hablaron en ruso como si yo entendiera todo y yo hablé en inglés como si supiera que entenderían. ¿Saben una cosa? Ninguno de nosotros captaba una palabra, pero era innegable que nos entendíamos a la perfección. Nos abrazábamos, reíamos y llorábamos, diciendo todo el tiempo: “Droozhba, emir, Americanski”. “Los quiero mucho, me siento orgulloso de estar en su país, no queremos la guerra. ¡Los quiero mucho!” Después de cinco minutos, nos despedimos y los siete de nuestro grupito nos alejamos. Más o menos después de un cuarto de hora, y de haber recorrido una distancia considerable, el mismo veterano nos alcanzó. Se me acercó, se quitó su medalla de la Orden de Lenín (probablemente su posesión más preciada) y me la puso en la solapa. Me besó en los labios y me dio uno de los abrazos más cálidos y cariñosos que he recibido en mi vida. Luego, los dos lloramos, nos miramos a los ojos largamente y dijimos. “Dossvedanya” (adiós).