Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Página 52
-Papá se volvió loco, mamá. Acaba de decirme qué
linda soy. Con todo este maquillaje y esta ropa
desaliñada, lo dijo igual. Ese no es papá, mamá. ¿Qué
le pasa?
Fuera lo que fuere, Larry no lo superaba. Día tras día
seguía concentrándose en lo positivo.
Al cabo de varias semanas, Jo Ann se acostumbró
más al comportamiento inusual de su marido y
ocasionalmente hasta le respondía con un rencoroso
“gracias”. Se enorgullecía de seguirle el paso, hasta
que un día ocurrió algo tan peculiar que la descolocó
del todo:
-Quiero que te tomes un descanso –dijo Larry-. Yo
lavaré los platos. Quita las manos de esa sartén y sal
de la cocina.
(Larga, larga pausa)
-Gracias, Larry. ¡Muchas gracias!
El andar de Jo Ann era ahora un poco más liviano, su
confianza mucho más firme y cada tanto tarareaba. Ya
no se ponía de mal humor tan seguido. “Me gusta la
nueva actitud de Larry”, pensaba.
Ése sería el final de la historia si no fuera porque un
día ocurrió otro hecho extraordinario. Esta vez, la que
habló fue Jo Ann.
-Larry –dijo-. Quiero darte las gracias por trabajar y
por habernos mantenido todos estos años. Creo que
nunca te dije lo mucho que lo valoro.