Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 219

Si usted pudiera visitarme en mi oficina en California, vería en un ángulo de la habitación un bellísimo mostrador antiguo español de caoba y tilo con nueve bancos de madera tapizados en cuero (de los que había en las viejas droguerías). ¿Poco habitual? Sí. Pero si esos bancos hablaran, podrían contarle una historia sobre el día en que estuve a punto de perder la esperanza y darme por vencida. Era una época de recesión después de la Segunda Guerra Mundial y los empleos escaseaban. Cowboy Bob, mi marido, había comprado un pequeño almacén con dinero prestado. Teníamos dos bebés encantadores, una casa en un lote, un auto y todas las cuotas habituales. Y el negocio se vino abajo. No había dinero para las cuotas de la casa, ni ninguna otra. Yo pensaba que no tenía talentos especiales, ni formación, ni educación universitaria. No tenía una buena opinión de mi misma. Pero me acordaba de alguien que cuando yo era chica creía que tenía cierta capacidad: mi profesora de inglés de la Secundaria. Ella me impulsó a dedicarme al periodismo y me nombró gerente de publicidad y editora del diario de la escuela. Pensé entonces: “Si pudiera escribir una “Columna de los clientes” para el periódico semanal de nuestra ciudad rural, tal vez podría ganar para pagar los gastos de la casa”.