Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 193

precipitándose hacia el subte. Un sacerdote que pasaba dijo: “Llamaré a la policía” y desapareció. Mamá custodió el cuerpo de papá durante alrededor de una hora. Finalmente, llegó una ambulancia y los llevó a los dos a la única morgue donde mamá tuvo que vaciarle los bolsillos y quitarle el reloj. Había regresado en el tren sola y después a casa en el autobús local. Mamá nos hizo todo ese relato impresionante sin derramar una lágrima. No mostrar emoción había sido siempre una cuestión de disciplina y orgullo para ella. Nosotros tampoco lloramos y nos turnamos para esperar a los clientes: Un cliente habitual, preguntó: -¿Dónde está el viejo hoy? -Murió –respondí. -Oh, qué macana –y se fue. No había pensado en él como “el viejo”, y la pregunta me dejó muy mal, pero tenía setenta años y mamá sólo cincuenta. Siempre había sido sano y feliz y había cuidado a mi frágil madre sin quejarse. Y ahora se había ido. No más silbidos, no más cantos mientras arreglaba los estantes. “El viejo” se había ido. La mañana del funeral, estaba sentada a la mesa de la tienda abriendo las cartas de condolencias y acomodándolas en una carpeta cuando en la pila vi la revista de la iglesia. Normalmente, nunca habría abierto lo que consideraba una aburrida publicación