Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Página 163

dejado de lado su trabajo para ayudar a Rick a redactar las propuestas, le dijo: -Rick, ya no me queda más dinero y tengo mujer e hijos que mantener. Esperaré una respuesta más. Pero es la definitiva. Si no funciona tendré que volver a Toledo a enseñar. Rick tenía una última oportunidad. Animado por la desesperación y la convicción, se las arregló para abrirse paso entre varias secretarias y consiguió una cita para almorzar con el Dr. Russ Mawby, presidente de la Fundación Kellogg. Cuando iban a almorzar pasaron por un puesto de helados. “¿Quieres uno?”, le preguntó Mawby. Rick asintió. Pero su ansiedad le jugó una mala pasada. Aplastó el cucurucho en la mano y con el helado de chocolate chorreándole entre los dedos, hizo un esfuerzo subrepticio y frenético por limpiárselo antes de que el Dr. Mawby pudiera notar lo que había pasado. Pero Mawby lo vio, y soltando una carcajada, caminó hasta el mostrador y volvió con un puñado de servilletas de papel para Rick. El muchacho subió al auto sintiéndose un absoluto infeliz y con la cara enrojecida. ¿Cómo podía pedir fondos para un programa educativo nuevo si ni siquiera podía manejar un cucurucho de helado? Dos semanas más tarde, recibió una llamada de Mawby. -Habías pedido cincuenta y cinco mil dólares. Lo siento, pero los directores votaron en contra. –Rick