literatura fantástica
Juego de tronos
— Cállate, mujer— le espetó el rey; aquel comentario lo hizo reaccionar. Se irguió en el trono—. Lo siento, Ned. No quería asustar a la niña. Me pareció que lo mejor era traerla aquí y zanjar el asunto lo antes posible.—¿ Qué asunto?— El tono de voz de Ned era gélido.— Demasiado bien lo sabes, Stark— dijo la reina avanzando un paso—. Tu hija agredió a mi hijo, con la ayuda del chico del carnicero. Y su loba trató de arrancarle el brazo.—¡ Es mentira!— gritó Arya—. Sólo lo mordió un poco. Le estaba haciendo daño a Mycah.— Joff nos ha contado qué pasó— dijo la reina—. El hijo del carnicero y tú lo golpeasteis con palos, y le dijiste a tu loba que lo mordiera.— No es verdad— replicó Arya, otra vez al borde de las lágrimas. Ned le puso una mano en el hombro.—¡ Sí es verdad!— insistió el príncipe Joffrey—. ¡ Me atacaron todos, y ella tiró a Colmillo de
León al río! Ned advirtió que el muchacho no miraba a Arya al hablar.—¡ Mentiroso!— gritó Arya.—¡ Cállate!— chilló a su vez el príncipe.—¡ Basta ya!— rugió el rey al tiempo que se levantaba, con la voz ronca de irritación. Se hizo el silencio. Robert miró a Arya desde las profundidades de su espesa barba—. A ver, niña, me lo vas a contar todo. No te dejes nada, y no te apartes de la verdad. Mentirle a un rey es un crimen muy grave.— Se giró hacia su hijo—. Cuando termine ella te tocará a ti. Hasta entonces, no quiero que abras la boca.
Arya comenzó a narrar su historia, y en aquel momento Ned oyó cómo se abría la puerta tras él. Volvió la vista y vio entrar a Vayon Poole con Sansa. Ambos se quedaron al fondo de la sala, en silencio, mientras Arya hablaba. Cuando contó cómo había lanzado la espada de Joffrey al Tridente, Renly Baratheon se atragantó de risa. El rey se enojó.— Ser Barristan, acompaña a mi hermano afuera antes de que se ahogue.— Mi hermano es demasiado bondadoso— dijo Lord Renly conteniendo la risa—. Puedo encontrar la salida yo solo.— Hizo una reverencia ante Joffrey—. Ya me contarás luego cómo consiguió desarmarte con un palo de escoba una niña de nueve años que no abulta más que una rata mojada, y encima pudo tirar tu espada al río.
Mientras la puerta se cerraba a su espalda, Ned le oyó decir « Colmillo de León », y estallar en carcajadas una vez más.
El príncipe Joffrey, muy pálido, empezó a narrar una versión de los hechos muy diferente. Cuando su hijo terminó de hablar, el rey se levantó pesadamente. Por su aspecto era obvio que le habría gustado estar en cualquier lugar menos allí.— Por los siete infiernos, ¿ qué se saca en claro de esto? Él dice una cosa, ella otra...— No eran los únicos presentes— intervino Ned—. Ven aquí, Sansa. __ Ned había escuchado de sus labios la versión de la historia la misma noche en que Arya desapareció. Sabía la verdad—. Cuéntanos lo que pasó. Su hija mayor se adelantó, titubeante. Iba envuelta en terciopelo azul con ribetes blancos, y llevaba una cadena de plata en torno al cuello. Se había cepillado la espesa cabellera color castaño rojizo hasta arrancarle destellos. Miró a su hermana, y luego al joven príncipe.
— No lo sé— dijo llorosa, con ganas de esconderse donde fuera—. No me acuerdo. Todo sucedió tan deprisa que no vi...
—¡ Asquerosa!— gritó Arya. Se lanzó como una flecha contra su hermana, la derribó y cayó sobre ella—. ¡ Mentirosa, mentirosa, mentirosa, mentirosa!
—¡ Basta ya, Arya!— gritó Ned. Jory la apartó de su hermana sin que dejara de dar patadas. Sansa estaba pálida y temblorosa. Ned la ayudó a ponerse de pie—. ¿ Te encuentras bien?— preguntó. Pero la niña miraba a Arya y no dio muestras de haberle oído.
— Esa criatura es tan salvaje como el animal piojoso que la obedece— dijo Cersei Lannister—. Quiero que reciba su castigo, Robert.
— Por los siete infiernos— maldijo Robert—. Mírala bien, Cersei. No es más que una niña. ¿ Qué quieres que haga, que la mande azotar por las calles? Maldita sea, los niños se han peleado siempre. Ya ha pasado todo. Nadie ha sufrido daños permanentes.— Joff tendrá que llevar esas cicatrices el resto de su vida.— La reina estaba furiosa.— Cierto— dijo Robert Baratheon mirando a su hijo mayor—. Y quizá le enseñen una buena lección. Ned, encárgate de que tu hija reciba un buen castigo. Yo haré lo propio con el mío.
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