canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 84
literatura fantástica
Juego de tronos
—Es mi amigo —intervino Arya con tono brusco—. Déjalo en paz.
—El hijo de un carnicero y quiere ser caballero, ¿eh? —Joffrey desmontó, espada en mano—.
Recoge tu espada, carnicero —dijo; le brillaban los ojos de diversión—. A ver qué tal lo haces. —
Mycah se quedó paralizado de miedo. Joffrey avanzó hacia él—. Venga, que la cojas te he dicho. ¿O
es que sólo peleas con niñas?
—Me lo pidió ella, mi señor —dijo Mycah—. ¡Me lo pidió ella!
A Sansa le bastó mirar el rostro congestionado de Arya para saber que el chico decía la
verdad, pero Joffrey no estaba en disposición de escuchar nada. El vino lo hacía aún más audaz.
—¿Coges tu espada o no?
—No es más que un palo, mi señor —dijo Mycah con un gesto de negación—. No es una
espada. Sólo es un palo.
—Y tú no eres más que el hijo de un carnicero, no un caballero. —Joffrey alzó a Colmillo de
León y puso la punta en la mejilla de Mycah, justo debajo del ojo. El muchacho temblaba de manera
incontrolable—. ¿Sabes que estabas atacando a la hermana de mi señora?
Un brillante punto de sangre brotó de la mejilla de Mycah y descendió en lentos Mullos rojos
por la cara del muchacho.
—¡Que pares ya! —gritó Arya.
Cogió el palo que había soltado. De repente, Sansa tuvo miedo.
—No te metas en esto, Arya.
—No le voy a hacer daño. No mucho —dijo el príncipe Joffrey a Arya, sin apartar los ojos del
hijo del carnicero.
Arya se lanzó hacia él.
Sansa se bajó de la yegua, pero no fue suficientemente rápida. Arya blandió el palo con ambas
manos. Se oyó un sonoro crujido cuando la madera se quebró contra la nuca del príncipe, y los
acontecimientos parecieron precipitarse ante los ojos horrorizados de Sansa. Joffrey se tambaleó y se
dio media vuelta entre maldiciones. Mycah echó a correr hacia los árboles a tanta velocidad como le
permitían las piernas. Arya blandió de nuevo su arma contra el príncipe, pero en esta ocasión Joffrey
paró el golpe con Colmillo de León y le arrancó el palo roto de entre las manos. Tenía la nuca
ensangrentada y echaba chispas por los ojos.
—No, no, basta, basta, parad ya los dos, lo estáis estropeando todo —sollozaba Sansa sin
cesar, pero nadie la escuchaba.
Arya cogió una piedra y se la tiró a Joffrey, apuntando a la cabeza. Pero le dio al caballo, y el
animal partió al galope hacia los mismos árboles donde se había refugiado Mycah.
—¡Basta ya! ¡Basta ya! —gritó Sansa.
Joffrey lanzó un mandoble contra Arya al tiempo que gritaba obscenidades, cosas terribles,
cosas sucias. Arya retrocedió, asustada de repente, pero Joffrey la persiguió hasta el bosque, hasta que
la tuvo arrinconada contra un árbol. Sansa no sabía qué hacer. Contempló la escena, impotente, con los
ojos arrasados de lágrimas.
En aquel momento un relámpago gris pasó a toda velocidad junto a ella, y de pronto allí estaba
Nymeria, en medio de un salto, luego cerrando las mandíbulas sobre el brazo con que Joffrey sostenía
la espada. El acero se le cayó de las manos cuando la loba lo derribó. Rodaron sobre la hierba, la loba
gruñendo, el príncipe gritando de dolor.
—¡Quitádmela de encima! —chilló—. ¡Quitádmela de encima!
—¡Nymeria! —restalló como un látigo la voz de Arya.
La loba huargo soltó a Joffrey y fue a situarse junto a Arya. El príncipe se quedó tendido en la
hierba, sollozando y apretándose el brazo herido. Tenía la manga empapada en sangre.
—No te ha hecho daño. No mucho —dijo Arya.
Recogió del suelo a Colmillo de León y se situó junto al príncipe, con la espada sujeta entre las
dos manos.
—No —gimoteó Joffrey alzando la vista con un gemido de terror—. No me hagas daño. Se lo
voy a contar a mi madre.
—¡Déjalo en paz! —gritó Sansa a su hermana.
Arya se dio media vuelta y lanzó la espada a lo lejos, utilizando todo el cuerpo para
impulsarla. El acero azulado centelleó al sol cuando la espada pasó girando sobre el río. Chocó contra
el agua y desapareció con un chapoteo. Joffrey dejó escapar un gemido. Arya corrió hacia su caballo,
con Nymeria pisándole los talones.
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