canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 83
literatura fantástica
Juego de tronos
cuero y una cabeza de león que parecía de oro en el pomo. Sansa dejó escapar un gritito de
admiración, cosa que complació a Joffrey.
—Le he puesto nombre, la llamo Colmillo de León.
De manera que dejaron en el campamento al guardaespaldas de Joffrey y a la loba huargo de
Sansa, y se dirigieron hacia el este por la orilla norte del Tridente sin más compañía que Colmillo de
León.
Fue un día mágico, glorioso. El aire era cálido y les llevaba el aroma de las flores, y los
bosques tenían una belleza apacible que Sansa no había visto jamás en el norte. El caballo del príncipe
Joffrey era un pura sangre bayo veloz como el viento, y lo montaba con desenvoltura tan temeraria que
Sansa tenía que esforzarse para que su yegua le siguiera el paso. Fue un día de aventuras. Exploraron
las cuevas que había junto a la ribera, siguieron el rastro de un lince hasta su guarida, y cuando
sintieron hambre Joffrey localizó un refugio por el humo, y ordenó que sirvieran comida y vino a su
príncipe y a la dama que lo acompañaba. Comieron truchas recién pescadas, y Sansa bebió más vino
que en toda su vida.
—Mi padre sólo nos deja tomar una copa, y eso en los festines —confesó a su príncipe.
—Mi prometida puede beber tanto vino como desee —replicó Joffrey al tiempo que volvía a
llenarle la copa.
Después de comer reanudaron la marcha con más calma. Joffrey cantó para ella mientras
cabalgaban, tenía una voz aguda y dulce, muy pura. A Sansa se le había subido un poco el vino a la
cabeza.
—¿No deberíamos volver ya? —preguntó.
—Enseguida —dijo Joffrey—. Estamos muy cerca del campo de batalla, es allí, donde el río
traza una curva. Ahí fue donde mi padre mató
a Rhaegar Targaryen, ¿sabías? Le aplastó el pecho, chas, a través de la armadura y todo. —
Joffrey blandió una maza imaginaria para mostrarle cómo había sucedido—. Luego mi tío Jaime mató
al viejo ése, Aerys, y mi padre llegó a rey. ¿Qué es ese ruido?
Sansa también lo había oído, era el sonido de madera contra madera que llegaba de los
bosques. Sin saber por qué, la ponía nerviosa.
—No lo sé —dijo—. Volvamos al campamento, Joffrey.
—Quiero ver qué pasa.
Joffrey dirigió su caballo hacia la fuente del ruido, y a Sansa no le quedó más remedio que
seguirlo. Los sonidos eran ahora más audibles y claros, y al acercarse más oyeron también
respiraciones jadeantes y algún que otro gruñido.
—Ahí hay alguien —dijo Sansa con ansiedad. De pronto deseaba con todas sus fuerzas que
Dama los hubiera acompañado.
—Conmigo estás a salvo. —Joffrey desenvainó a Colmillo de León. El susurro del acero
contra el cuero la hizo estremecer—. Por aquí —añadió mientras cabalgaba hacia un grupo de árboles.
Tras ellos, en un claro desde el que se divisaba el río, vieron a un niño y a una niña que
jugaban a los caballeros. Sus espadas eran palos de madera, de hecho parecían mangos de escobas, y
los dos corrían por la hierba lanzándose vigorosas estocadas y mandobles. El chico era bastante mayor,
mucho más alto y fuerte, y era el que atacaba. La niña, una cría flacucha que vestía ropas de cuero
embarradas, esquivaba y conseguía bloquear con su palo la mayoría de los golpes del chico, pero no
todos. En un momento dado le lanzó una estocada, que él detuvo con su palo; el chico hizo un
movimiento de barrido, su palo descendió y asestó a la chica un duro golpe en los dedos. Ella gritó y
perdió el arma.
El príncipe Joffrey se echó a reír. El chico miró a su alrededor con los ojos muy abiertos,
sobresaltado, y dejó caer su palo en la hierba. La niña los miró mientras se lamía los nudillos para
calmar el dolor, y Sansa se quedó horrorizada.
—¡Arya! —exclamó incrédula.
—¡Marchaos! —les gritó Arya, que tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¿Qué hacéis
aquí? ¡Dejadnos en paz!
Joffrey miró a Arya, luego a Sansa y por fin a Arya de nuevo.
—¿Es tu hermana? —La niña asintió, sonrojada. Joffrey miró al chico, un muchacho
desgarbado de rostro tosco y pecoso y espesa pelambrera rojiza—. ¿Y tú quién eres, chico? —
preguntó en un tono imperioso que no delataba que el otro le llevaba un año.
—Mycah —murmuró el muchacho. Reconoció al príncipe y bajó la vista—. Mi señor.
—Es el hijo del carnicero —dijo Sansa.
83