canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 431

literatura fantástica Juego de tronos «Perdóname, sol de mi vida —pensó—. Perdóname por todo lo que he hecho y por lo que he de hacer. Pagué el precio, mi estrella, pero era alto, demasiado alto...» Dany le trenzó el pelo, le puso en los bigotes los anillos de plata y le colgó las campanillas una por una. Muchas campanillas, de oro, de plata y de bronce. Campanillas para que sus enemigos lo oyeran acercarse y el miedo los debilitara. Lo vistió con polainas de crin y botas altas, le puso un cinturón de pesados medallones de oro y plata. Deslizó un chaleco pintado en torno al pecho herido, un chaleco viejo y descolorido, el preferido de Drogo. Para ella, eligió unos pantalones amplios de seda, sandalias atadas hasta media pierna, y un chaleco como el de Drogo. El sol se ponía ya cuando los llamó para que trasladaran el cuerpo a la pira. Los dothrakis observaron en silencio cómo Jhogo y Aggo lo sacaban de la tienda. Dany iba tras ellos. Lo tendieron sobre sus cojines y sedas, con la cabeza apuntando en dirección a la Madre de las Montañas, muy lejos, al noreste. —Aceite —ordenó, y le llevaron las jarras y las vertieron sobre la pira, empapando las sedas, las ramas y los hatos de hierba seca, hasta que el aceite goteó entre los troncos de abajo y el aire estuvo impregnado de su fragancia—. Traedme los huevos —ordenó Dany a las doncellas. En su tono de voz había algo que hizo que se apresurasen en obedecer. Ser Jorah la cogió por el brazo. —Mi reina, los huevos de dragón no le servirán de nada a Drogo en las tierras de la noche. Es mejor venderlos en Asshai. Vended uno y podréis comprar un barco para volver a las Ciudades Libres. Vended los tres y seréis una mujer rica el resto de vuestra vida. —No me los entregaron para que los vendiera —replicó Dany. Ella misma trepó a la pira para colocar los huevos en torno a su sol y estrellas. El negro junto al corazón, bajo el brazo. El verde junto a la cabeza, rodeado por su trenza. El de color crema y oro abajo, entre las piernas. Dany lo besó por última vez, y sintió el dulzor del aceite en los labios. Al bajarse de la pira, advirtió que Mirri Maz Duur la miraba. —Estás loca —le dijo con voz ronca la esposa de dios. —¿Tan lejos anda la locura de la sabiduría? —preguntó Dany—. Ser Jorah, traed a la maegi, atadla a la pira. —¿A la...? Mi reina, no, escuchadme... —Haced lo que digo. —El caballero siguió titubeando, hasta que la rabia de Dany estalló—. Jurasteis obedecerme, pasara lo que pasara. Rakharo, ayúdalo. La esposa de dios no gritó cuando la arrastraron hasta la pira de Khal Drogo y la ataron entre sus tesoros. La propia Dany le vertió el aceite sobre la cabeza. —Tengo que darte las gracias, Mirri Maz Duur —dijo—, por las lecciones que me has enseñado. —No me oirás gritar —replicó la mujer, mientras el aceite le goteaba del pelo y le empapaba la ropa. —Sí te oiré —dijo Dany—. Pero no me interesan tus gritos, sólo tu vida. Recuerdo qué me dijiste. Sólo la muerte puede pagar el precio de la vida. Mirri Maz Duur abrió la boca, pero no dijo nada. Al alejarse, Dany vio que en los ojos negros de la maegi ya no había desprecio, sino algo muy parecido al miedo. Ya no quedaba nada que hacer, excepto presenciar la puesta del sol y esperar a que brillara la primera estrella. Cuando muere un señor de los caballos, se mata también a su caballo para que cabalgue orgulloso hacia las tierras de la noche. Los cadáveres se queman bajo el cielo, y el khal se eleva en su corcel llameante para ocupar su lugar entre las estrellas. Cuanto más haya ardido el hombre en su vida, más brillante será su estrella en la oscuridad. Jhogo fue el primero en verla. —Allí —dijo en un susurro. Dany alzó la vista y la vio, muy baja en el cielo del este. La primera estrella de la noche era un cometa, un cometa rojo. Rojo sangre, rojo fuego, con cola de dragón. Era la señal más poderosa que podía imaginar. Cogió la antorcha de la mano de Aggo y la lanzó entre los troncos. El aceite se prendió al instante y un segundo después empezaron a arder las ramitas y las hojas secas. Las diminutas llamas treparon por la madera como veloces ratones rojos, se deslizaron por el aceite y saltaron de la corteza a las ramas y a la hojarasca. Una bocanada de calor le sopló contra el rostro, suave y repentina como el 431