canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 425

literatura fantástica Juego de tronos
« Es tan hijo de su padre como mío, no debo olvidarlo. Oh, dioses, Ned...»
Robb estaba bajo el entramado de hojas verdes, rodeado de secuoyas altas y olmos viejos, de rodillas ante un árbol corazón, un esbelto arciano con un rostro más triste que fiero. Tenía la espada larga ante él, con la punta clavada en la tierra, y las manos enguantadas en torno a la empuñadura. A su alrededor había otros, también de rodillas: Gran Jon Umber, Rickard Karstark, Maege Mormont, Galbart Glover y varios más. Vio incluso a Tytos Blackwood, con la gran capa negra extendida a su espalda.
« Éstos son los que adoran a los antiguos dioses », se dijo. ¿ A qué dioses adoraba ella en aquel momento? No habría sabido decirlo.
No quería molestarlos mientras rezaban. Los dioses tenían derechos... incluso los dioses tan crueles como para arrebatarle a Ned, y también a su padre. De manera que Catelyn aguardó. El viento procedente del río soplaba entre las ramas altas, y a su derecha se divisaba la Torre del Azud, con un lado cubierto de hiedra. Y los recuerdos la invadieron como una oleada. Entre aquellos árboles su padre la había enseñado a cabalgar, y aquél era el olmo del que Edmure se había caído y roto el brazo, y bajo el enramado que se veía al fondo, allí mismo, Lysa y ella habían jugado a los besos con Petyr.
Hacía años que no pensaba en aquello. ¡ Qué jóvenes eran todos! Ella tendría la edad de Sansa, Lysa sería más joven que Arya, y Petyr, el más pequeño, pero también el más ansioso. Las chicas se lo intercambiaron, alternando risitas y momentos de seriedad. Lo recordó todo tan claramente que casi le pareció sentir sus dedos sudorosos en los hombros, y el sabor a menta de su aliento. En el bosque de dioses crecía mucha menta, y a Petyr le encantaba mascarla. Era un muchachito atrevido, siempre metido en líos.
— Intentó meterme la lengua en la boca— le confesó Catelyn a su hermana más tarde, cuando estuvieron a solas.— A mí también— susurró Lysa, tímida, sonrojada—. Me gustó. Robb se puso en pie muy despacio, envainó la espada, y Catelyn se descubrió a sí misma preguntándose si su hijo habría besado a alguna chica en el bosque de dioses. Seguro que sí. Había visto las miradas tiernas que le dirigía Jeyne Poole, y también algunas de las criadas, varias de ellas de incluso dieciocho años... Robb había participado en la batalla, había matado hombres con una espada; seguro que lo habían besado. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las secó, airada.
— Madre— dijo Robb al verla allí—, tenemos que convocar el consejo. Hay que decidir varias cosas.— A tu abuelo le gustaría verte— dijo ella—. Está muy enfermo, Robb.— Ser Edmure me lo dijo. Lo siento mucho, madre... por Lord Hoster, y por ti. Pero antes tenemos que reunimos. Han llegado noticias del sur. Renly Baratheon ha reclamado la corona de su hermano.—¿ Renly?— dijo, sorprendida—. Yo había pensado que sería Lord Stannis...— Igual que todos, mi señora— dijo Galbart Glover. El consejo de guerra se reunió en la Sala Principal, ante cuatro mesas largas, montadas sobre caballetes y dispuestas en forma de cuadrado. Lord Hoster estaba demasiado débil para asistir; dormía en su balcón, soñando con el reflejo del sol sobre los ríos de su juventud. Edmure ocupaba el asiento de honor de los Tully, con Brynden Pez Negro a su lado, y los vasallos de su padre dispuestos de derecha a izquierda a lo largo de las mesas laterales. Las noticias sobre la victoria en Aguasdulces habían llegado a oídos de los señores del Tridente que habían escapado, y eso los indujo a regresar. Karyl Vanee volvió convertido en señor, tras la muerte de su padre bajo el Colmillo Dorado. Lo acompañaba Ser Marq Piper, y traían con ellos a un Darry, el hijo de Ser Raymun, un muchachito de la edad de Bran. Lord Joños Bracken llegó procedente de las ruinas de Seto de Piedra, airado y colérico, y ocupó un asiento tan lejos como le fue posible de Tytos Blackwood.
Los señores del norte se sentaron enfrente, Catelyn y Robb frente a Edmure. Eran menos. El Gran Jon ocupaba un lugar a la izquierda de Robb, y a su lado se sentaba Theon Greyjoy; Galbart Glover y Lady Mormont estaban a la derecha de Catelyn. Lord Rickard Karstark, demacrado, con los ojos inexpresivos de tanto dolor, parecía vivir en una pesadilla, con la larga barba desaliñada y sin lavar. Dos de sus hijos habían muerto en el Bosque Susurrante, y no había noticias del tercero, el primogénito, que había ido a la cabeza de los lanceros Karstark contra Tywin Lannister, en el Forca Verde.
Las discusiones se prolongaron hasta bien entrada la noche. Cada uno de los señores tenía derecho a hablar... y todos hablaron, y gritaron, y maldijeron, y razonaron, y adularon, y
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