canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 410
literatura fantástica
Juego de tronos
TYRION
—Tienen a mi hijo —dijo Tywin Lannister.
—Así es, mi señor. —La voz del mensajero estaba rota de puro agotamiento. Tenía el chaleco
desgarrado, con el jabalí pinto de Crakehall manchado de sangre seca.
«A uno de tus hijos», pensó Tyrion. Bebió un sorbo de vino sin decir palabra. Pensaba en
Jaime. Cuando alzó el brazo, el dolor se lo recorrió como un latigazo desde el codo, para recordarle su
breve experiencia en el campo de batalla. Quería a su hermano, pero no habría querido estar con él en
el Bosque Susurrante ni por todo el oro de Roca Casterly.
Los capitanes y vasallos de su señor padre se habían quedado en silencio mientras el
mensajero relataba los hechos. Sólo se oía el crujir y sisear de los leños en la chimenea, al final de la
larga sala común.
Tras las privaciones del largo viaje hacia el sur, la perspectiva de dormir de nuevo en una
posada, aunque fuera una noche, había animado a Tyrion. De todos modos, habría preferido que fuera
cualquier otra posada, y no aquélla, tan llena de recuerdos. Su padre había impuesto un ritmo muy
penoso, que había terminado por cobrarse su precio. Los hombres heridos en la batalla mantenían el
paso como podían, o los abandonaban a su suerte. Cada mañana quedaban unos cuantos más al borde
del camino, eran hombres que se acostaron por la noche y no despertaron al amanecer. Cada tarde se
derrumbaban unos cuantos más durante la marcha. Y cada noche desertaban unos cuantos, amparados
por la oscuridad. En más de una ocasión a Tyrion le había tentado la idea de irse con ellos.
Se encontraba en el piso de arriba, disfrutando de la comodidad de un lecho de plumas y del
calor del cuerpo de Shae junto al suyo, cuando su escudero lo despertó para decirle que acababa de
llegar un jinete desde Aguasdulces, portador de malas noticias. Así que todo había sido en vano: la
carrera hacia el sur, las marchas forzadas, los cuerpos abandonados junto al camino... todo para nada.
Robb Stark había llegado a Aguasdulces muchos días antes.
—¿Cómo ha podido suceder esto? —gemía Ser Harys Swyft—. ¿Cómo? Pese a lo del Bosque
Susurrante, Aguasdulces estaba rodeado por todo un ejército... ¿qué clase de locura inspiró a Ser Jaime
para dividir a sus hombres entre tres campamentos? ¿No sabía que eso los haría vulnerables?
«Mejor que tú, cobarde sin barbilla», pensó Tyrion. Aunque Jaime hubiera perdido
Aguasdulces, no soportaba que lo criticara alguien como Swyft, un lameculos desvergonzado
cuyo mayor logro había sido casar con Ser Kevan a su hija, tan carente de barbilla como él, y así
emparentar con los Lannister.
—Yo habría hecho lo mismo —replicó su tío, en tono mucho más sereno del que hubiera
utilizado Tyrion—. Nunca habéis visto Aguas-dulces, Ser Harys, de lo contrario sabríais que
Jaime no tenía otra opción. El castillo está situado al final de la punta de tierra en la que el Piedra
Caída fluye hacia el Forca Roja del Tridente. Los ríos forman dos lados de un triángulo y, cuando
hay algún peligro, los Tully abren las esclusas corriente arriba y crean un foso ancho en el tercer
lado, con lo que Aguasdulces se convierte en una isla. Los muros se alzan directamente en el
agua, y desde las torres los defensores dominan el panorama en muchas leguas a la redonda. Para
realizar un asedio es imprescindible situar un campamento al norte del Piedra Caída, otro al sur
del Forca Roja, y un tercero entre los ríos, al oeste del foso. No hay otra manera.
—Lo que dice ser Kevan es cierto, mis señores —dijo el mensajero—. Habíamos alzado
empalizadas de estacas afiladas en torno a los campamentos, pero no sirvieron de nada, no hubo
ningún aviso previo, y estábamos separados por los ríos. Atacaron primero el campamento norte.
No lo esperábamos. Marq Piper había tendido emboscadas a nuestros carromatos de suministros,
pero no tenía más allá de cincuenta hombres. Ser Jaime había salido la noche anterior para
enfrentarse a ellos... bueno, eso pensábamos, pero en realidad no era el grueso de su ejército. Nos
habían dicho que Stark estaba al este del Forca Verde, y que marchaba hacia el sur...
—¿Y los oteadores? —El rostro de Ser Gregor Clegane parecía tallado en roca. El fuego
de la chimenea le daba a la piel un tono naranja, y le dibujaba grandes sombras en las órbitas de
los ojos—. ¿No vieron nada? ¿No os advirtieron?
—Casi todos habían desaparecido —contestó el mensajero manchado de sangre
sacudiendo la cabeza—. Creemos que fue obra de Marq Piper. Y los que volvieron no h