canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 384
literatura fantástica
Juego de tronos
Y Cohollo, el viejo Cohollo, que había atado su vida a la de Drogo desde el día que nació,
Cohollo, que siempre había sido bueno con ella... Cohollo le escupió a la cara.
—Morirás, maegi —prometió Qotho—. Pero antes ha de morir la otra. —Desenvainó el
arakh y avanzó hacia la tienda.
—¡No! —gritó Dany—. ¡No entres! —Lo agarró por el hombro, pero Qotho la empujó a
un lado. Dany cayó sobre las rodillas, cruzando los brazos sobre el vientre para proteger a su
hijo—. Detenedlo —ordenó a su khas—. ¡Matadlo!
Rakharo y Quaro seguían ante el faldón de la tienda. Quaro dio un paso al frente, buscó
con la mano el mango de su látigo, pero Qotho giró con la elegancia de un bailarín al tiempo que
alzaba el arakh. El tajo dio de lleno a Quaro bajo el brazo, el acero afilado atravesó el cuero y la
piel, cortó el músculo y las costillas. El joven jinete retrocedió, boqueando, mientras la sangre
manaba a chorros. Qotho le arrancó el arma del cuerpo.
—¡Señor de los caballos! —gritó Ser Jorah Mormont—. Prueba conmigo.
Desenvainó la espada larga. Qotho lanzó una maldición y se volvió. El arakh se movió tan
deprisa que la sangre de Quaro se dispersó al viento ardiente como si fuera una llovizna. La
espada paró el golpe a un palmo del rostro de Ser Jorah, y durante un instante los dos aceros
quedaron brillando en el aire, mientras Qotho aullaba de rabia. El caballero iba vestido con cota
de mallas, llevaba guanteletes y canilleras de acero articulado, y un pesado gorjal en torno a la
garganta, pero no se le había ocurrido ponerse el yelmo.
Qotho retrocedió, y cuando Ser Jorah cargó contra él hizo girar el arakh centelleante sobre
la cabeza. El caballero esquivó el golpe como pudo, pero los tajos eran tan rápidos que Dany
pensó que Qotho tenía cuatro arakhs y otros tantos brazos. Oyó el crujido de la cota de mallas
cuando la golpeó el arakh, y vio cómo saltaban chispas cuando la larga hoja curva rebotó contra
un guantelete. De pronto era Mormont quien retrocedía, mientras Qotho se lanzaba al ataque. El
lado izquierdo del rostro del caballero estaba lleno de sangre, y un golpe que había recibido en la
cadera le había atravesado la cota de mallas y lo hacía cojear. Qotho se mofaba de él a gritos, lo
llamaba cobarde, hombre de leche, eunuco con traje de hierro.
—¡Vas a morir! —le prometió mientras el arakh brillaba trémulo en el ocaso rojo.
El hijo de Dany le dio una patada brutal dentro del vientre. La hoja curva resbaló sobre la
recta, y fue a hundirse en la cadera del caballero, en el boquete de la cota de mallas.
Mormont gruñó y se tambaleó. Dany sintió un dolor agudo en el vientre, y humedad en los
muslos. Qotho lanzó un grito de triunfo, pero el arakh había llegado al hueso, y tardó un instante en
poder sacarlo.
Fue suficiente. Ser Jorah asestó un golpe de arriba abajo con todas las fuerzas que le
quedaban, atravesó la carne, el músculo y el hueso, y de pronto el antebrazo de Qotho colgaba de su
brazo sujeto sólo por un fino jirón de piel y tendón. El siguiente golpe del caballero fue hacia la oreja
del dothraki, y resultó tan salvaje que el rostro de Qotho pareció estallar.
Los dothrakis gritaban, Mirri Maz Duur lanzaba aullidos inhumanos en la tienda, el
moribundo Quaro suplicaba agua. Dany pidió ayuda, pero nadie la oyó. Rakharo luchaba contra
Haggo, arakh enfrentado a arakh, hasta que el látigo de Jhogo restalló como un trueno, y la punta se
enroscó al cuello de Haggo. Dio un tirón, y el jinete de sangre cayó hacia atrás, perdiendo a la vez el
equilibrio y la espada. Rakharo se precipitó hacia él con un aullido, blandiendo el arakh con ambas
manos en un golpe descendente que acertó a Haggo entre los ojos. Alguien lanzó una piedra, y cuando
Dany se volvió vio que tenía el hombro herido y lleno de sangre.
—No —sollozó—. No, por favor, para, es demasiado alto, el precio es demasiado alto.
Le llovieron más pedradas. Trató de arrastrarse hacia la tienda, pero Cohollo la agarró por el
pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Dany sintió el roce de su cuchillo en la garganta.
—¡Mi bebé! —gritó.
Tal vez los dioses la oyeron, porque en aquel momento Cohollo cayó muerto. La flecha de
Aggo le entró por debajo del brazo, y le atravesó los pulmones y el corazón.
Cuando Daenerys reunió por fin fuerzas suficientes para levantar la cabeza, vio que la
multitud se dispersaba. Los dothrakis regresaban en silencio a sus tiendas y a sus esterillas. Algunos
ensillaron caballos y se alejaron. El sol se había puesto. En todo el khalasar ardían hogueras, brillantes
fuegos anaranjados que chisporroteaban con furia y escupían al aire brasas encendidas. Trató de
incorporarse, pero el dolor se apoderó de ella y la estrujó como el puño de un gigante. Se quedó sin
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