canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 381
literatura fantástica
Juego de tronos
—Un jinete de sangre muere con su khal. —Ser Jorah la sujetó por los hombros—. Lo sabéis
perfectamente, niña. Os llevarán a Vaes Dothrak, con las viejas, será su última misión. Y después se
reunirán con Drogo en las tierras de la noche.
Dany no quería regresar a Vaes Dothrak y pasar el resto de su vida entre aquellas viejas
espantosas, pero sabía que el caballero estaba en lo cierto. Drogo no había sido simplemente su sol y
estrellas; era también el escudo que la mantenía sana y salva.
—No lo abandonaré —dijo con triste testarudez—. Nunca.
El faldón de la tienda se levantó de nuevo, y Dany volvió la cabeza. Mirri Maz Duur entró e
hizo una profunda reverencia. Los días de marcha a pie tras el khalasar la habían dejado demacrada y
coja, con los pies llenos de heridas y ampollas, y bolsas oscuras bajo los ojos. Tras ella llegaron Qotho
y Haggo, que transportaban entre los dos el cofre de la esposa de dios. Los jinetes de sangre vieron la
herida de Drogo. A Haggo se le resbaló el cofre de entre las manos y se estrelló contra el suelo de la
tienda, y Qotho soltó una maldición tan brutal que pareció hendir el aire.
—La herida se ha infectado —dijo Mirri Maz Duur mientras examinaba a Drogo con rostro
inexpresivo.
—Esto es cosa tuya, maegi —dijo Qotho.
Haggo asestó un puñetazo a Mirri en la mejilla, y la mujer rodó por tierra. Luego empezó a
darle patadas.
—¡Basta! —gritó Dany.
—Las patadas son demasiado buenas para una maegi —dijo Qotho, mientras contenía a
Haggo—. Vamos a sacarla afuera. La ataremos a una estaca para que la monte todo el que pase. Y
cuando acabe, que la monten los perros también. Las comadrejas le sacarán las entrañas y las aves
carroñeras le devorarán los ojos. Las moscas del río le pondrán huevos en el vientre y beberán el pus
de lo que quede de sus pechos.
Clavó unos dedos duros como el hierro en la carne blanda y temblorosa del brazo de la esposa
de dios, y la obligó a ponerse en pie.
—No —replicó Dany—. No quiero que le suceda nada malo.
—¿No? —Qotho le mostró los dientes amarillentos y podridos, en una espantosa parodia de
sonrisa—. ¿A mí te atreves a decirme que no? Más te valdría rezar para que no te atemos al lado de tu
maegi. Esto es culpa tuya, tanto como de ella.
Ser Jorah se interpuso entre ambos mientras desenvainaba la espada.
—Frena esa lengua, jinete de sangre. La princesa es tu khaleesi.
—Sólo mientras la sangre de mi sangre siga con vida —replicó Qotho al caballero—. Si
muere, la mujer no es nada.
—Antes de ser la khaleesi, ya era de la sangre del dragón. —Dany sintió la tensión de su
interior—. Ser Jorah, llamad a mi khas.
—No —dijo Qotho—. Nos iremos. Por ahora... Khaleesi.
Haggo, con el ceño fruncido, salió de la tienda tras él.
—Ése no tiene buenas intenciones, princesa —dijo Mormont—. Los dothrakis dicen que un
hombre y sus jinetes de sangre comparten la misma vida, y Qotho está viendo que toca a su fin. Un
hombre muerto no teme a nada.
—Nadie ha muerto —replicó Dany—. Puede que necesite vuestra espada, Ser Jorah. Será
mejor que os pongáis la armadura. —Estaba más asustada de lo que quería reconocer, incluso de lo
que quería reconocerse a ella misma.
—A vuestras órdenes —dijo el caballero con una reverencia, y salió de la tienda.
Dany se volvió hacia Mirri Maz Duur. Los ojos de la mujer estaban alerta, llenos de cautela.
—Así que me habéis vuelto a salvar.
—Y ahora tú tienes que salvarlo a él —dijo Dany—. Por favor...
—A una esclava no se le pide nada —replicó Mirri secamente—. Se le dan órdenes. —Se
volvió a Drogo, que seguía ardiendo sobre la esterilla, y observó la herida largo rato—. Pero da igual
que lo pidáis o lo ordenéis. Ningún sanador puede hacer ya nada por él. —El khal tenía los ojos
cerrados. Le abrió uno con los dedos—. Ha estado adormeciendo el dolor con la leche de la amapola.
—Sí —reconoció Dany.
—Le preparé una cataplasma de semilla de fuego y nomepiques, y se la vendé con piel de
cordero.
—Decía que le quemaba y se la arrancó. Las mujeres de las hierbas le prepararon otra,
húmeda y calmante.
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