canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 379

literatura fantástica
Juego de tronos
— No debes decir eso— le advirtió Dany—. Por hoy ya hemos cabalgado suficiente. Acamparemos aquí.
—¿ Aquí?— Haggo miró a su alrededor. El terreno era seco y marchito, inhóspito—. No es lugar para acampar.— Ninguna mujer dice dónde paramos— replicó Qotho—. Ni siquiera una khaleesi.— Acamparemos aquí— repitió Dany—. Haggo, di a todo el mundo que Khal Drogo ha ordenado parar. Si alguien pregunta por qué, diles que estoy a punto de dar a luz, y no he podido seguir. Cohollo, manda venir a los esclavos, que monten enseguida la tienda del khal. Qotho...— A mí no me das órdenes, khaleesi.— Ve a buscar a Mirri Maz Duur— le dijo. La esposa de dios caminaba con las otras mujeres cordero, en la larga columna de esclavos—. Haz que venga, y que traiga su cofre.— La maegi.— Qotho la miraba con ojos duros como el pedernal. Escupió al suelo—. No lo haré.— Lo harás— replicó Dany—. O, cuando Drogo despierte, le tendrás que explicar que me has desafiado.
Qotho, furioso, hizo dar media vuelta a su semental, y se alejó al galope rojo de rabia... pero Dany sabía que, por poco que le gustara, regresaría con Mirri Maz Duur. Los esclavos alzaron la tienda de Khal Drogo bajo un saliente escarpado de roca negra, cuya sombra proporcionaba cierto alivio para el calor del sol de la tarde. Pese a todo, cuando Irri y Doreah ayudaron a Dany a entrar a Drogo, la temperatura bajo la tela era calcinante. El suelo estaba cubierto de alfombras gruesas con dibujos, y en los rincones había cojines. Eroeh, la muchachita tímida que Dany había rescatado antes de entrar en la ciudad de los hombres cordero, encendió un brasero. Tendieron a Drogo sobre una esterilla.
— No— murmuró en la lengua común—. No, no.— Fue todo lo que dijo, todo lo que parecía capaz de decir.
Doreah le quitó el cinturón de medallones, así como el chaleco y las polainas, mientras que Jhiqui se arrodillaba a sus pies para desatarle los cordones de las sandalias de montar. Irri quería subir los faldones de la tienda para que entrara la brisa, pero Dany lo prohibió. No quería que nadie viera a Drogo de aquella manera, débil y delirante. Cuando por fin llegó su khas, hizo que montaran guardia en el exterior.— No quiero que entre nadie sin mi permiso— dijo a Jhogo—. Nadie.— Se muere— susurró Eroeh mientras miraba a Drogo con el temor dibujado en el rostro.
Dany la abofeteó.— El khal no puede morir. Es el padre del semental que monta el mundo. Jamás le han cortado el pelo. Todavía lleva las campanillas que le puso su padre.— Khaleesi— intervino Jhiqui—, se ha caído del caballo. Dany, temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas, se dio media vuelta. «¡ Se ha caído del caballo!» Así que lo había visto, igual que los jinetes de sangre, y las doncellas, y los hombres de su khas. ¿ Y cuántos más? No podrían mantenerlo en secreto, y Dany sabía qué significaba aquello. Un khal que no podía montar, no podía mandar, y Drogo se había caído del caballo.
— Tenemos que bañarlo— insistió, testaruda. No podía permitirse el lujo de caer en la desesperación—. Irri, que traigan la bañera enseguida. Doreah, Eroeh, buscad agua, agua fría, está ardiendo. Khal Drogo era una hoguera con piel. Los esclavos colocaron la pesada bañera de cobre en un rincón de la tienda. Cuando llegó Doreah con la primera jarra de agua, Dany mojó un trozo de seda y lo puso sobre la piel ardiente de la frente de Drogo. Él la miró sin ver. Abrió los labios, pero no salieron palabras, sólo un gemido.
—¿ Dónde está Mirri Maz Duur?— exigió Dany. El miedo había agotado cualquier rastro de paciencia.
Sus doncellas llenaron la bañera con agua tibia que apestaba a azufre, y la aromatizaron con frascos enteros de aceite amargo y puñados de hojas de menta desmenuzadas. Mientras preparaban el baño, Dany se arrodilló torpemente junto a su señor esposo, el pesado vientre apenas le permitía moverse. Le deshizo la trenza con dedos ansiosos, igual que la noche en que la había tomado por primera vez, bajo las estrellas. Fue poniendo las campanillas a un lado, una por una. En cuanto se encontrara bien querría ponérselas de nuevo, seguro.
En la tienda entró una corriente de aire cuando Aggo asomó la cabeza entre los pliegues de seda. 379