canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 354
literatura fantástica
Juego de tronos
común. El valor compensa la estupidez hasta cierto punto, pero ya no eres ningún niño, tengas los años
que tengas. Ahora tienes una espada de hombre, y para esgrimirla tendrás que ser un hombre. De ahora
en adelante espero que te comportes como tal.
—Sí, mi señor. —Jon volvió a guardar la espada en la vaina con adornos de plata. No era la
hoja que hubiera preferido, pero era un regalo noble, y librarlo de la malevolencia de Alliser Thorne
era más noble todavía.
—Ya se me había olvidado lo que pica la barba al salir —dijo el Viejo Oso rascándose debajo
de la barbilla—. En fin, es inevitable. ¿Tienes la mano suficientemente bien para retomar tus
obligaciones?
—Sí, mi señor.
—Bien. La noche va a ser fría, querré vino especiado. Búscame una jarra de tinto, que no sea
demasiado agrio, y no escatimes con las especias. Y dile a Hobb que si me vuelve a mandar carne
hervida de carnero, lo herviré yo a él. La última vez era de color gris, no la quiso ni el cuervo. —
Acarició la cabeza del pájaro con el pulgar, y éste arrulló, satisfecho—. Venga, lárgate. Tengo trabajo.
Los guardias le sonrieron desde sus nichos cuando descendió por las escaleras de la torre, con
la espada en la mano sana.
—Hermoso acero —le dijo uno de los hombres.
—Te lo has ganado, Nieve —comentó otro.
Jon se forzó a devolverles las sonrisas, pero no le puso sentimiento. Le dolía la mano, y tenía
en la boca un extraño sabor a rabia, aunque no habría sabido decir con quién estaba enfadado, ni por
qué.
Al salir de la Torre del Rey, que era la nueva residencia del Lord Comandante Mormont, se
encontró con una docena de sus amigos al acecho. Habían colgado un blanco en las puertas del
granero para fingir que estaban practicando el tiro con arco, pero sabía que era la curiosidad lo que los
había llevado allí. Nada más salir, oyó la voz de Pyp.
—Venga, trae acá, vamos a echarle un vistazo.
—¿A qué? —preguntó Jon.
—A tu culo rosado —contestó Sapo mientras se acercaba—, ¿a ti qué te parece?
—A la espada —dijo Grenn—. Queremos ver la espada.
—Lo sabíais. —Jon los miró con gesto acusador.
—No todos somos tan estúpidos como Grenn —dijo Pyp sonriendo.
—Tú sí —replicó Gre