canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 340
literatura fantástica
Juego de tronos
Ned estaba adormilado cuando las pisadas se detuvieron afuera, en el pasillo. Al principio
pensó que las había soñado; hacía mucho que no oía nada que no fuera el sonido de su voz. Estaba
febril, tenía los labios secos y agrietados, y el dolor sordo de la pierna era un suplicio. Cuando la
pesada puerta de madera se abrió con un crujido, la luz repentina le hizo daño en los ojos.
El carcelero empujó una jarra hacia él. La arcilla estaba fresca, húmeda por fuera. Ned la
cogió con ambas manos y bebió, ansioso. El agua se le derramó por las comisuras de la boca y le mojó
la barba. Bebió hasta que estuvo a punto de vomitar.
—¿Cuánto tiempo...? —preguntó con voz débil.
—Nada de hablar —dijo el carcelero al tiempo que le arrebataba la jarra de las manos. Era un
hombrecillo flaco como un espantapájaros, con cara de rata y barba poco poblada, que vestía cota de
mallas y capa corta de cuero.
—Por favor —dijo Ned—. Mis hijas...
La puerta se cerró de golpe. Parpadeó mientras la luz volvía a esfumarse, inclinó la cabeza
sobre el pecho y se acurrucó en la paja. Ya no apestaba a orina ni a excrementos. Ya no apestaba a
nada.
Después no pudo establecer la diferencia entre estar dormido y despierto. El recuerdo se
acercaba a él a hurtadillas en la oscuridad, vivido como un sueño. Fue el año de la falsa primavera, él
volvía a tener dieciocho años, había bajado del Nido de Águilas para asistir al torneo de Harrenhal.
Veía el verde intenso de la hierba y olía el polen en el viento. Días cálidos, noches frescas y el sabor
dulce del vino. Recordó la risa de Branden, y el valor loco de Robert en el combate cuerpo a cuerpo,
su manera de reír mientras descabalgaba a sus adversarios a diestro y siniestro. Recordó a Jaime
Lannister, un joven con armadura blanca, de rodillas en la hierba ante el pabellón de su rey, jurando
proteger y defender al rey Aerys. Después, Ser Oswell Whent lo ayudó a ponerse en pie, y el Toro
Blanco en persona, el Lord Comandante Ser Gerold Hightower, le abrochó la capa nivea de la Guardia
Real. Luego los seis Espadas Blancas dieron la bienvenida a su nuevo hermano.
Pero, cuando empezó la justa, Rhaegar Targaryen fue el protagonista. El príncipe coronado
llevaba la misma armadura que luciría el día de su muerte: negra, deslumbrante, con el dragón
tricéfalo de su Casa dibujado con rubíes sobre la coraza. La capa de seda escarlata le ondeaba a la
espalda al cabalgar, y parecía que no había lanza capaz de tocarlo. Branden cayó ante él, y también
Bronze Yohn Royce... y hasta el espléndido Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer.
Robert había estado bromeando con Jon y con el anciano Lord Hunter mientras el príncipe
daba la vuelta al campo de justas tras desmontar a Ser Barristan en el último combate por la corona del
campeón. Ned recordó claramente el momento en que todas las sonrisas murieron, cuando el príncipe
Rhaegar Targaryen espoleó su caballo, pasó de largo por donde estaba su esposa, la princesa de Dorne,
Elia Martell, para poner el laurel
de reina de la belleza en el regazo de Lyanna. Aún era capaz de visualizarlo: una corona de
rosas invernales, azules como la escarcha.
Ned Stark extendió la mano para coger la corona de flores, pero bajo los pétalos azules había
espinas escondidas. Sintió cómo se le clavaban en la piel, agudas, cruentas. Vio el reguero de sangre
que le brotaba de los dedos, y despertó tembloroso en la oscuridad.
—Prométemelo, Ned —le había susurrado su hermana en su lecho de sangre. A ella le
encantaba el aroma de las rosas invernales.
—Los dioses me guarden —sollozó Ned—. Me estoy v