canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 335

literatura fantástica Juego de tronos y sus respectivos hijos. Ser Loras Tyrell. Lord Mace Tyrell, sus hermanos, tíos e hijos. El sacerdote rojo, Thoros de Myr. Lord Beric Dondarrion. Lady Lysa Arryn 596 y su hijito, el pequeño Lord Robert. Lord Hoster Tully, su hermano Ser Brynden y su hijo Ser Edmure. Lord Jason Mallister. Lord Bryce Carón de las Marcas. Lord Tytos Blackwood. Lord Walder Frey y su heredero, Ser Stevron. Lord Karyl Vanee. Lord Joños Bracken. Lady Shella Whent. Doran Martell, príncipe de Dorne, y todos sus hijos. «Son tantos —pensó mientras Pycelle seguía y seguía leyendo—. Hará falta toda una bandada de cuervos para llevar todas esas órdenes.» Y al final, casi los últimos, llegaron los nombres que Sansa temía escuchar. Lady Catelyn Stark. Robb Stark. Branden Stark. Rickon Stark. Arya Stark. Sansa contuvo una exclamación. Arya. Querían que Arya se presentara para jurar fidelidad... eso significaba que su hermana había escapado en la galera, que a aquellas alturas ya estaría a salvo en Inver-nalia... El Gran Maestre Pycelle enrolló la lista, se la guardó en la manga izquierda y se sacó otro pergamino de la derecha. Carraspeó para aclararse la garganta y siguió leyendo. —Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Eddard Stark, sea Tywin Lannister, señor de Roca Casterly y Guardián de Occidente, quien ocupe el puesto de Mano del Rey, para hablar con su voz, dirigir sus ejércitos contra sus enemigos y cumplir su regia voluntad. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede. »Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Stannis Baratheon, sea su señora madre, la reina regente Cersei Lannister, que ha sido siempre su más firme apoyo, quien ocupe un lugar en el Consejo Privado, para ayudarlo a reinar con sabiduría y justicia. Así ha lo decretado el rey. El Consejo Privado accede. —Sansa oyó un murmullo de voces entre los señores que la rodeaban, pero cesó de inmediato. Pycelle siguió leyendo—. Es también deseo de Su Alteza que a su leal sirviente, Janos Slynt, comandante de la Guardia de la Ciudad de Desembarco del Rey, le sea concedido de inmediato el título de Lord, y se le asigne el antiguo asentamiento de Harrenhal, con todas sus tierras e ingresos, y que sus hijos y nietos ostenten los mismos honores tras su muerte y hasta el fin de los tiempos. También es su deseo que Lord Slynt ocupe un puesto de inmediato en el Consejo Privado, para ayudarlo en las labores del reino. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede. Sansa vio un movimiento por el rabillo del ojo cuando Janos Slynt entró en la sala. Los murmullos fueron entonces más sonoros y airados. Los orgullosos señores, cuyas casas se remontaban hasta hacía miles de años, abrieron paso de mala gana al plebeyo calvo y con cara de sapo. Le habían cosido al jubón de terciopelo negro escamas de oro, que tintineaban con cada uno de sus pasos. Su capa era de seda, a cuadros negros y dorados. Dos muchachos poco agraciados, que debían de ser sus hijos, caminaban ante él, luchando contra el peso de escudos metálicos tan altos como ellos. Había adoptado como blasón una lanza ensangrentada, oro sobre campo negro. Sólo con verlo se le puso a Sansa la carne de gallina. —Y por último —siguió leyendo el Gran Maestre Pycelle en cuanto Lord Slynt hubo ocupado su lugar—, en estos días de caos y traición, tras la muerte de nuestro amado Robert, es opinión del Consejo que la vida y seguridad del rey Joffrey son de la máxima importancia... —Se interrumpió y miró a la reina. Cersei se levantó. —Ser Barristan Selmy, adelantaos. Ser Barristan, que hasta aquel momento había permanecido inmóvil como una estatua al pie del Trono de Hierro, avanzó, hincó una rodilla en tierra e inclinó la cabeza. —Estoy a vuestras órdenes, Alteza. —Levantaos, Ser Barristan —dijo Cersei Lannister—. Podéis quitaros el yelmo. —¿Mi señora? —El anciano caballero se levantó y se quitó el yelmo, aunque al parecer no entendía la razón. —Habéis servido al reino mucho tiempo y fielmente, buen caballero; cada hombre y cada mujer de los Siete Reinos tiene una deuda de gratitud con vos. Pero ya ha llegado la hora de que concluyáis vuestro servicio. Es deseo del rey y del Consejo que descanséis de tan pesada carga. —¿Carga? Lo siento... no entiendo... —Su Alteza intenta deciros que quedáis relevado como Lord Comandante de la Guardia Real —intervino con voz tosca y pesada el recién nombrado lord, Janos Slynt. —Alteza —dijo al final el caballero alto y canoso que pareció encogerse, casi no respiraba—, la Guardia Real es una Hermandad Juramentada. Hacemos votos de por vida. Sólo la muerte libera al Lord Comandante de su sagrada misión. 335