canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 330
literatura fantástica
Juego de tronos
armados con ballestas. Tyrion había indicado a sus seguidores que se detuvieran fuera de su alcance, y
cabalgó solo hasta la pared.
—¿Quién está al mando? —gritó.
El capitán apareció rápidamente, y más rápidamente todavía le puso una escolta en cuanto
reconoció al hijo de su señor. Pasaron al trote por campos ennegrecidos y aldeas quemadas, hasta las
tierras de los ríos y el Forca Verde del Tridente. Tyrion no vio cadáveres, pero los cuervos y los
buitres sobrevolaban el terreno; allí había habido una batalla hacía poco.
A media legua de la encrucijada habían alzado una barricada de estacas puntiagudas, vigilada
por lanceros y arqueros. Tras aquella línea se extendía el campamento. Cientos de hogueras donde se
cocinaban cenas lanzaban al cielo dedos de humo, los hombres vestidos con cotas de mallas, sentados
bajo los árboles, afilaban las espadas, y por todas partes ondeaban estandartes conocidos, con las astas
clavadas en el terreno embarrado.
Un grupo de jinetes se adelantó para desafiarlos cuando se aproximaron a las estacas. El
caballero que los guiaba llevaba una armadura de plata con amatistas incrustadas, y una capa a rayas
púrpuras y plateadas. En su escudo se veía el blasón del unicornio, y un cuerno en espiral, de más de
medio metro de largo, sobresalía del yelmo en forma de cabeza de caballo. Tyrion tiró de las riendas.
—Ser Flement —saludó.
—Tyrion —dijo atónito Ser Flement Brax cuando se levantó el visor—. Mi señor, temíamos
que estuvierais muerto, o... —Miró inseguro a los hombres del clan—. Vuestros... compañeros...
—Amigos del alma y sirvientes leales —dijo Tyrion—. ¿Dónde está mi señor padre?
—Ha instalado su cuartel en la posada de la encrucijada.
Tyrion se echó a reír. ¡La posada de la encrucijada! Al fin y al cabo, los dioses eran justos.
—Iré a verlo ahora mismo.
—Como queráis, mi señor. —Ser Flement hizo dar media vuelta al caballo y empezó a gritar
órdenes. Al momento retiraron tres hileras de estacas para abrirle paso. Tyrion entró, seguido por su
grupo.
El campamento de Lord Tywin se extendía leguas y leguas. El cálculo de Chella de unos
veinte mil hombres no andaba desencaminado. Los guerreros sin rango acampaban al descubierto,
pero los caballeros estaban en tiendas, y para algunos de los señores más importantes se habían erigido
pabellones grandes como casas. Tyrion divisó el buey rojo de los Préster, el jabalí pinto de Lord
Crakehall, el árbol en llamas de Marbrand, el tejón de Lydden. Los caballeros lo saludaron al verlo
pasar, y los soldados miraron atónitos a los hombres de los clanes.
Shagga también parecía atónito; sin duda jamás había visto tantos hombres, caballos y armas.
El resto de los bandidos disimuló mejor el asombro, pero Tyrion estaba seguro de que también estaban
impresionados. Mejor. Cuanto más los maravillara el poder de los Lannister, más fácil sería darles
órdenes.
La posada y los establos estaban más o menos como los recordaba, aunque del resto del
pueblo apenas si quedaban algunas piedras y cimientos ennegrecidos. En medio del patio había una
horca, y el cadáver que colgaba de ella estaba cubierto de cuervos. Cuando Tyrion se acercó,
levantaron el vuelo batiendo las alas negras, y graznaron. Desmontó y echó un vistazo a lo que
quedaba del cadáver. Era una mujer; las aves le habían devorado los labios y las mejillas, dejando al
descubierto una sonrisa roja y espantosa.
—Una habitación, una comida y una jarra de vino —le recordó con un suspiro de reproche—.
Era lo único que pedía.
De los establos salieron unos muchachitos asustados, para encargarse de sus caballos. Shagga
no quería entregar el suyo.
—El muchacho no te va a robar la yegua —lo tranquilizó Tyrion—. Sólo le dará avena y agua,
y la cepillará. —Al propio Shagga tampoco le habría sentado mal un cepillado, pero no habría sido de
buen gusto señalarlo—. Confía en mí, la tratarán bien.
—Éste es el caballo de Shagga, hijo de Dolf—rugió Shagga al mozo de cuadras mientras le
entregaba las riendas de mala gana.
—Si no te la devuelve, le podrás cortar la virilidad y echársela de comer a las cabras —le
prometió Tyrion—. Habrá que buscar las cabras, claro. —Bajo el cartel de la posada había un par de
guardias con capas carmesí y yelmos adornados con leones. Tyrion reconoció a su capitán—. ¿Mi
padre? —preguntó.
—En la sala común, mi señor.
—Mis hombres querrán carne y aguamiel —le dijo Tyrion—. Ocúpate de que se lo sirvan.
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