canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 323
literatura fantástica
Juego de tronos
CATELYN
Estaban demasiado lejos para distinguir los blasones con claridad, pero pese a la niebla
alcanzó a ver que eran blancos y con una mancha oscura en el centro, que sólo podía ser el lobo
huargo de los Stark, gris sobre campo de hielo. Catelyn tiró de las riendas e inclinó la cabeza para
decir una plegaria de agradecimiento. Los dioses eran bondadosos. No llegaba demasiado tarde.
—Aguardan nuestra llegada, mi señora —dijo Ser Wylis Man-derly—, como mi señor padre
juró que haría.
—Pues no los hagamos esperar más, ser.
Ser Brynden Tully picó espuelas y emprendió el trote hacia los estandartes. Catelyn cabalgó a
su lado.
Ser Wylis y su hermano, Ser Wendel, los siguieron junto con su ejército, unos quinientos
hombres: veintitantos caballeros con sus correspondientes escuderos, doscientos lanceros,
espadachines y jinetes libres a caballo, y el resto a pie, armados con lanzas, picas y tridentes. Lord
Wyman se había quedado atrás para encargarse de la defensa de Puerto Blanco. Tenía casi sesenta
años, y había engordado demasiado para montar a caballo.
—Si hubiera pensado que volvería a ver una guerra, no habría comido tantas anguilas —había
dicho a Catelyn cuando llegó a su barco, al tiempo que se palmeaba el enorme vientre con ambas
manos. Tenía los dedos rollizos como salchichas—. Pero mis chicos os llevarán a salvo junto a vuestro
hijo, no temáis.
Sus «chicos» eran ambos mayores que Catelyn, y ella habría preferido que no fueran tan
parecidos a su padre. A Ser Wylis sólo le faltaban unas cuantas anguilas para no poder montar a
caballo; el pobre animal inspiraba compasión. Ser Wendel, el chico más joven, habría sido el hombre
más grueso del mundo si no existieran su padre y su hermano. Wylis era silencioso y formal, Wendel
escandaloso y bullicioso; ambos lucían llamativos bigotes de morsa y cabezas tan peladas como el
trasero de un bebé; y por lo visto ninguno de los dos tenía una prenda de vestir que no estuviera llena
de manchas de comida. Pero le caían bien. La habían llevado junto a Robb, como su padre juró que
harían, y eso era lo único que importaba.
Se alegró de ver que su hijo había enviado exploradores incluso en dirección este. Los
Lannister, cuando llegaran, lo harían procedentes del sur, pero estaba bien que Robb fuera cauteloso.
574
«Mi hijo lleva un ejército a la guerra», pensó sin terminar de creérselo. Tenía miedo por él y
por Invernalia, pero no podía negar que también sentía cierto orgullo. Hacía un año Robb era un niño.
¿Qué sería en aquel momento?
Los jinetes de la avanzadilla vieron el blasón de los Manderly, el tritón con tridente en la
mano surgiendo de un mar azul verdoso, y los saludaron con alegría. Los guiaron hasta terreno
elevado y seco donde podrían montar el campamento. Ser Wylis dio orden de detener la columna, y se
quedó atrás con sus hombres para encargarse de que se encendieran las hogueras y se atendiera a los
caballos, mientras que su hermano Wendel siguió con Catelyn y su tío para presentar al señor los
respetos de su padre.
El terreno que pisaban los cascos de los caballos era blando y húmedo. Pasaron entre hogueras
encendidas con turba, hileras de caballos, y carromatos cargados con carne salada y galletas de rancho.
En un saliente rocoso algo elevado vieron el pabellón de lona de un señor. Catelyn reconoció el
estandarte, el alce macho de los Hornwood, marrón sobre campo naranja oscuro.
Más allá, entre las nieblas, divisó las torres y los muros de Foso Cai-lin... o lo que quedaba de
ellos. Había bloques inmensos de basalto, todos tan grandes como una casa, dispersos como los
juguetes de un niño, medio hundidos en el suelo blando y pantanoso. De la muralla, que había sido tan
alta como la de Invernalia, no quedaba nada. Las edificaciones de madera habían desaparecido, se
habían podrido mil años atrás, sin dejar ni un rastro que hablara de su existencia. De lo que había sido
la fortaleza de los primeros hombres sólo quedaban tres torres... y, si las leyendas eran ciertas, habían
sido veinte.
La Torre de la Entrada parecía bastante sólida, incluso quedaban restos de muralla a ambos
lados. La Torre del Borracho, en el pantano, en el punto donde en el pasado se unieran los muros sur y
oeste, estaba inclinada como un hombre a punto de vomitar el vino bebido en exceso. Y la Torre de los
Niños, alta y esbelta, donde según la leyenda los niños del bosque pidieron a sus dioses sin nombre
que enviaran el martillo de las aguas, tenía la parte superior destruida. Era como si una bestia enorme
hubiera arrancado de un mordisco las almenas, para luego escupirlas trituradas por el pantano. Las tres
323