canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 319

literatura fantástica Juego de tronos armero exhibía corazas de acero con ornamentos de oro y plata, y yelmos trabajados para darles forma de cabezas de animales. Junto a él había una joven hermosa que vendía joyería de oro de Lannisport, anillos, broches, torques, y medallones exquisitamente labrados perfectos para hacer cinturones. Vigilaba el tenderete un corpulento eunuco, calvo y mudo, vestido con ropas de terciopelo empapadas de sudor, que miraba con el ceño fruncido a todo el que se acercaba. Al otro lado del pasillo había un grueso comerciante de tejidos de Yi Ti, que regateaba con un pentoshi por el precio de un tinte verde. La cola de mono de su sombrero se movía de un lado al otro cada vez que sacudía la cabeza. —De pequeña me encantaba jugar en el bazar —contó Dany a Ser Jorah mientras deambulaban por el pasillo sombreado entre los tenderetes—. Aquello estaba tan vivo... tantas personas gritando y riendo, tantas cosas maravillosas a la vista... aunque rara vez teníamos dinero para comprar nada. Bueno, excepto una salchicha de cuando en cuando, o dedos de miel... ¿en los Siete Reinos hay dedos de miel como los que preparan en Tyrosh? —Son unos pastelillos, ¿verdad? No sabría deciros, princesa. —Hizo una reverencia—. Si me disculpáis un instante, voy a ver al capitán, por si trae cartas para nosotros. —Muy bien. Os ayudaré a buscarlo. —No hace falta que os molestéis. —Ser Jorah apartó la vista, nervioso—. Disfrutad del mercado. Me reuniré con vos en cuanto termine con este asunto. «Qué curioso», pensó Dany mientras veía cómo se alejaba a zancadas entre la muchedumbre. No entendía por qué no quería que lo acompañara. Quizá Ser Jorah quisiera buscar una mujer después de hablar con el capitán mercante. A menudo, con las caravanas viajaban algunas prostitutas, eso sí lo sabía, y a algunos hombres les daba vergüenza que se vieran sus relaciones. Se encogió de hombros. —Vamos —dijo Dany a los demás y reanudó el paseo por el mercado, seguida por sus doncellas—. ¡Oh, mirad! —exclamó dirigiéndose a Doreah—. A esas salchichas me refería. —Señaló en dirección a un tenderete, tras el que una mujercita arrugada asaba carne y cebollas sobre una piedra caliente—. Las preparan con mucho ajo y chiles picantes. —Encantada con su descubrimiento, Dany insistió en que todos probaran las salchichas. Las doncellas devoraron las suyas entre sonrisas y risitas, aunque los hombres de su khas olisquearon la carne con desconfianza—. El sabor es diferente al que recordaba —dijo Dany tras los primeros mordiscos. —En Pentos las preparo con cerdo —dijo la anciana—, pero todos mis puercos murieron en el mar dothraki. Éstas son de carne de caballo, khaleesi, pero las condimento igual. —Vaya —suspiró Dany, decepcionada. En cambio a Quaro le gustó tanto la salchicha que se comió otra, y Rakharo, para superarlo, se comió tres más, tras lo cual eructó de manera sonora. Dany se echó a reír. —No os oíamos reír desde que Drogo coronó a vuestro hermano, el Khal Rhaggat —dijo Irri—. Me alegra veros así, khaleesi. Dany sonrió con timidez. A ella también le gustaba reír. Volvía a sentirse casi una niña. Dedicaron media mañana a recorrer el mercado. Vio una hermosa capa con plumas que venía de las Islas del Verano y se la regalaron. Ella a cambio dio al mercader un medallón de plata de su cinturón. Era la costumbre entre los dothrakis. Un vendedor de pájaros enseñó a un loro verde y rojo a decir su nombre, y Dany volvió a reírse, pero no se lo llevó. ¿Qué podía hacer con un loro verde y rojo en un khalasar! En cambio sí cogió una docena de botellitas de aceites perfumados, los aromas de su infancia; sólo tenía que cerrar los ojos y olerlos, y volvía a ver la casa grande de la puerta roja. Doreah miró con ojos ansiosos un amuleto de fertilidad en el tenderete de un mago, y Dany lo cogió para ella, pensando que luego tendría que buscar algo también para Irri y Jhiqui. Al doblar una esquina se encontraron con un mercader que of