canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 310

literatura fantástica
Juego de tronos
— Lord Karstark es el último— dijo Bran, pensativo—. Robb cenará con él esta noche.— Sin duda.—¿ Falta mucho para... que se vayan?— Tienen que partir pronto, o ya no valdrá la pena— replicó el maestre Luwin—. La ciudad invernal está llena hasta los topes, y si este ejército se queda mucho más acabará con todas las provisiones. Hay otros que se les unirán a lo largo del camino real: caballeros libres, lacustres, Lord Manderly y Lord Flint. Han comenzado los enfrenta-mientos en las tierras de los ríos; a tu hermano le quedan muchas leguas por delante.
— Lo sé.— Bran se sentía tan deprimido como denotaba su voz. Tendió el tubo de bronce al maestre, y se dio cuenta de que el pelo de Luwin empezaba a ralear en la coronilla. Se le veía el cuero cabelludo rosado. Le parecía extraño mirarlo así, desde arriba, cuando se había pasado la vida alzando la vista para mirarlo, pero cuando uno iba sentado en los hombros de Hodor lo veía todo abajo—. Ya no quiero mirar más. Hodor, llévame al castillo.— Hodor— dijo Hodor.— Bran, tu hermano no va a tener tiempo para recibirte ahora— dijo el maestre Luwin mientras se guardaba el tubo en la manga—. Tiene que recibir a Lord Karstark y a sus hijos, para darles la bienvenida.
— No molestaré a Robb. Quiero visitar el bosque de dioses.— Puso una mano en el hombro de Hodor—. Hodor.
En el granito de la pared interior de la torre había excavados varios asideros para bajar, a modo de escaleras. Hodor tarareaba una cancionci-lla sin melodía, mientras Bran rebotaba en su espalda, en la silla de mimbre que le había ideado el maestre Luwin. Luwin se había inspirado en las cestas que utilizaban las mujeres para llevar leña a la espalda: sólo había que abrir agujeros para las piernas y poner unas cuantas correas más de manera que el peso de Bran se distribuyera de manera homogénea. No era tan agradable como montar a Bailarína, pero había lugares a los que Bailarína no podía ir, y aquello no le daba tanta vergüenza como cuando Hodor lo llevaba en brazos como a un bebé. A Hodor también parecía gustarle, aunque con él nadie sabía. Lo único complicado eran las puertas: a veces Hodor se olvidaba de que llevaba a Bran a la espalda, y si la puerta era baja resultaba bastante doloroso.
En las últimas dos semanas había habido tantas idas y venidas que Robb había ordenado que los dos rastrillos estuvieran alzados, y el puente levadizo bajado, incluso durante la noche. Una larga columna de lanceros con armaduras cruzaba el foso que se abría entre los muros cuando Bran salió de la torre; eran hombres de los Karstark, que seguían a sus señores al interior del castillo. Llevaban yelmos de hierro negro y capas de lana también negra, con el blasón del sol blanco. Hodor trotó junto a ellos, sonriente, con pisadas que resonaban contra la madera del puente. Los jinetes les dirigieron miradas extrañadas, y Bran alcanzó a oír una risotada. Se negó a permitir que aquello lo afectara.
— Te mirarán— le había advertido el maestre Luwin la primera vez que ataron la cesta de mimbre al pecho de Hodor—. Te mirarán, harán comentarios, y algunos incluso se burlarán.
« Que se burlen », pensó Bran. Nadie se burlaba de él cuando estaba en su habitación, pero se negaba a pasarse la vida en la cama.
Al pasar bajo la puerta del rastrillo, Bran se llevó dos dedos a la boca y silbó. Verano se acercó saltando por el patio. De repente los lanceros Karstark tuvieron que luchar por controlar sus monturas, porque los caballos relincharon y corcovearon. Un semental se encabritó, y su jinete tuvo que agarrarse desesperadamente para no caer. El olor de los lobos huargos enloquecía de pánico a los caballos que no estaban acostumbrados, pero se tranquilizarían en cuanto Verano se perdiera de vista.— Al bosque de dioses— recordó a Hodor. Hasta la propia Invernalia estaba abarrotada. En el patio resonaban los ruidos de espadas y hachas, el crujido de los carromatos y los ladridos de los perros. Las puertas de la armería estaban abiertas, y Bran vio a Mikken en la forja, golpeando con el martillo al tiempo que el sudor le corría por el pecho desnudo. Bran jamás había visto a tantos desconocidos juntos, ni siquiera cuando el rey Robert fue a visitar a su padre.
Trató de no estremecerse cuando Hodor se agachó para pasar por una puerta baja. Recorrieron un pasadizo largo, en penumbra, con Verano a su lado. De cuando en cuando el lobo miraba hacia arriba, con unos ojos que brillaban como el oro líquido. A Bran le habría gustado tocarlo, pero estaba demasiado alto, no llegaba con la mano.
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