canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 309

literatura fantástica Juego de tronos BRAN •"( Los Karstark llegaron en una fría mañana ventosa desde su castillo en Karhold, con trescientos hombres a caballo y doscientos a pie. Las puntas de acero de sus lanzas brillaban a la escasa luz del ocaso a medida que se aproximaba la columna. Por delante iba un hombre con un tambor que era más grande que él, tocando un ritmo lento y grave, bum, bum, bum. Bran vio cómo se aproximaban desde una tórrela de vigilancia en el muro exterior, a través del catalejo de bronce del maestre Luwin, y montado sobre los hombros de Hodor. Encabezaba la marcha el propio Lord Rickard, acompañado por sus hijos Harrion, Eddard y Torrhen, todos bajo los estandartes negros con el emblema de su Casa, el sol blanco. La Vieja Tata decía que por sus venas corría sangre Stark desde hacía cientos de años, pero a los ojos de Bran no tenían ninguna similitud. Eran hombres corpulentos, de aspecto fiero, con barbas espesas y el pelo suelto que les caía sobre los hombros. Llevaban capas de pieles de oso, de foca y de lobo. Sabía que eran los últimos. El resto de los señores ya estaba allí con sus huestes. Bran habría dado cualquier cosa por cabalgar con ellos, por ver las casas invernales llenas a rebosar, las multitudes en la plaza del mercado todas las mañanas, y las calles apisonadas y sucias por las ruedas de los carros y los cascos de los caballos. —No podemos prescindir de ningún hombre para que te acompañe —le había explicado su hermano. —Me llevaré a Verano —insistió Bran. —No seas chiquillo ahora, Bran —replicó Robb—. Sabes que no puede ser. Hace tan sólo dos días, uno de los hombres de Lord Bolton apuñaló a uno de los de Lord Cerwyn en el Leño Humeante. Si permitiera que te pusieras en peligro, nuestra señora madre me despellejaría. —Lo dijo con la voz de Robb el Señor. Bran sabía que eso significaba que no había discusión posible. La culpa de todo la tenía lo que había sucedido en el Bosque de los Lobos, estaba seguro. El recuerdo aún le provocaba pesadillas. Se había sentido indefenso como un bebé, tan incapaz de protegerse como lo habría sido Rickon en su lugar, o aún peor... porque Rickon habría dado Patadas, al menos. Aquello le daba vergüenza. Sólo tenía unos pocos años menos que Robb. Si su hermano era casi un hombre, él también. Tendría que haber sido capaz de protegerse. Hacía un año, antes, habría visitado la ciudad aunque tuviera que hacerlo trepando por los muros, él solo. Pero ya no podía bajar corriendo las escaleras, subirse a su poni ni llevar un escudo de madera con el que derribar por los suelos al príncipe Tommen. Ya no podía hacer más que mirar, otear por el catalejo del maestre Luwin. Al menos el maestre le había enseñado todos los estandartes: el puño enguantado de los Glover, blanco sobre gules; el oso negro de Lady Mormont; el repugnante hombre flagelado que precedía a Roose Bolton, de Fuerte Terror; el alce de los Hornwood; el hacha de batalla de los Cerwyn; los tres árboles centinelas de los Tallhart; y el temible emblema de la Casa Umber, un gigante rugiente con cadenas rotas. Pronto aprendió a reconocer también los rostros, en cuanto los señores, sus hijos y sus caballeros llegaron a Invernalia para los festines. Ni siquiera el Salón Principal bastaba para acogerlos a todos sentados, de manera que Robb recibía a los vasallos principales por turnos. Bran ocupaba siempre el lugar de honor, a la derecha de su hermano. Algunos de los señores vasallos lo miraban con desconfianza, como si se preguntaran si un niño de tan corta edad, y encima tullido, tenía derecho a estar situado por encima de ellos. —¿Cuántos van ya? —preguntó Bran al maestre Luwin después de que Lord Karstark y sus hijos cruzaran a caballo las puertas de la muralla exterior. —Doce mil hombres, o tan cerca de doce mil que la cifra exacta no importa. —¿Y cuántos caballeros? —Los suficientes —respondió el maestre con cierta impaciencia—. Para ser caballero hay que velar en un sept, y ser ungido con los siete aceites, que consagran el juramento. En el norte, muy pocas de las grandes casas adoran a los Siete. El resto son fieles a los antiguos dioses, y no nombran caballeros... pero esos señores y sus hijos son espadas juramentadas, y no por ello menos valientes, leales y honorables. El valor de un hombre no se mide por un «ser» que alguien ponga delante de su nombre. Te lo he dicho muchas veces. —De todos modos —insistió Bran—, ¿cuántos caballeros? —Trescientos o cuatrocientos... —El maestre Luwin suspiró—. Entre tres mil lanceros que no son caballeros. 309