canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 299

literatura fantástica Juego de tronos «Matrimonio con el rey.» Aquellas palabras hacían que se le acelerase la respiración. Pero Sansa titubeaba. —Quizá... si pudiera ver a mi padre, y hablar con él sobre... —¿Traición? —sugirió Lord Varys. —Me decepcionas, Sansa. —Los ojos de la reina eran duros como piedras—. Te hemos contado los crímenes de tu padre. Si eres tan leal como dices, ¿para qué quieres verlo? —No... sólo pretendía... —Se le humedecieron los ojos—. No está... por favor, no está herido, ni... —Lord Eddard no ha sufrido daño alguno —dijo la reina. —Y... ¿qué será de él? —Eso lo debe decidir el rey —anunció el Gran Maestre Pycelle midiendo las palabras. ¡El rey! Sansa parpadeó para contener las lágrimas. Joffrey era el rey. Su valeroso príncipe jamás haría daño al padre de su prometida, por graves que fueran los crímenes de los que se lo acusaba. Si acudía a él y le suplicaba piedad, la escucharía, sin duda. Tenía que escucharla, la amaba, hasta la reina lo había dicho. Joff tendría que castigar a su padre, los señores lo esperaban de él, pero quizá podría enviarlo de vuelta a Invernalia, o exiliarlo a una de las Ciudades Libres, al otro lado del mar Angosto. Y sólo durante unos cuantos años. Para entonces, ya estaría casada con Joffrey, y una vez fuera reina podría persuadirlo para que trajera de vuelta a su padre y lo perdonara. Pero... si su madre o Robb se comportaban como traidores, si convocaban a los vasallos o se negaban a jurar lealtad, o algo así, todo saldría al revés. Su Joffrey era bueno y misericordioso, ella lo sabía en lo mas profundo de su corazón, pero un rey debía ser duro con los rebeldes. ¡Tenía que hacérselo entender a su familia! —Sí... escribiré las cartas —les dijo Sansa. —Sabía que lo harías. —Cersei Lannister le dedicó una sonrisa cálida como una puesta de sol, y le dio un suave beso en la mejilla—. Joffrey se sentirá muy orgulloso cuando le cuente lo valiente y sensata que has sido. Al final Sansa escribió cuatro cartas: a su madre, Lady Catelyn Stark; a sus hermanos en Invernalia; a su tía, Lady Lysa Arryn del Nido de Águilas, y a su abuelo, Lord Hoster Tully de Aguasdulces. Cuando terminó, tenía los dedos doloridos y manchados de tinta. Varys tenía el sello de su padre. Ella calentó el lacre blanco sobre una vela, lo dejó caer cuidadosamente y observó cómo el eunuco estampaba en cada carta el lobo huargo de la Casa Stark. Cuando Ser Mandón Moore acompañó a Sansa a la torre alta del Torreón de Maegor, Jeyne Poole y sus pertenencias ya no estaban allí. Se sintió agradecida, ya no tendría que escuchar más sollozos. Pero, sin Jeyne, parecía como si hiciera más frío, y eso que consiguió encender el fuego. Puso una silla cerca de la chimenea, cogió uno de sus libros favoritos y se sumergió en las historias de Florian y Jonquil, de Lady Shella y el Caballero del Arco Iris, del valiente príncipe Aemon y su amor imposible por la reina de su hermano. Sólo mucho más tarde, aquella noche, cuando ya se estaba quedando adormilada, Sansa cayó en la cuenta de que se le había olvidado preguntar por su hermana. 299