literatura fantástica
Juego de tronos
baúl todo había quedado revuelto. Por un momento temió que alguien la hubiera encontrado y la hubiera robado. Entonces sintió la dureza del metal bajo una camisa de satén.—¡ Ahí está!— siseó una voz detrás de ella, muy cerca. Arya, sobresaltada, se dio media vuelta y vio a un mozo de cuadras con una sonrisa burlona en los labios. La camiseta blanca sucia le salía por debajo del jubón mugriento. Tenía las botas cubiertas de estiércol y una horca en la mano.—¿ Quién eres tú?— inquirió Arya.— La chica no me conoce— dijo él—. Pero yo la conozco a ella, sí, claro. La chica loba.— Ayúdame a ensillar un caballo— suplicó Arya al tiempo que metía la mano en el baúl para coger a Aguja—. Mi padre es la Mano del Rey, él te recompensará.— Tu padre está muerto— replicó el muchacho. Se acercó a ella—. Pero la reina me recompensará. Ven aquí, chica.—¡ No te acerques!— Cerró los dedos en torno a la empuñadura de Aguja.— He dicho que vengas.— La agarró por un brazo con brusquedad. Todo lo que Syrio Forel le había enseñado se le desvaneció de la mente en un instante. En aquel momento de terror repentino, la única lección que Arya pudo recordar fue la primera de todas, la que le había enseñado Jon Nieve.
Le lanzó una estocada hacia arriba con el extremo puntiagudo, llevada por una fuerza salvaje, histérica.
Aguja atravesó el jubón de cuero y la carne blanca del vientre, y salió por la espalda, entre los omoplatos. El muchacho soltó la horca y dejo escapar un ruido suave, a medio camino entre un jadeo y un suspiro.— Dioses— gimió mientras su camiseta se teñía de rojo—. Sácame eso. Cuando Arya retiró la espada, murió. Los caballos no paraban de relinchar. Arya se quedó mirando el cadáver, aterrada ante la proximidad de la muerte. El chico había vomitado sangre al caer, y más sangre le brotaba de la herida del vientre y formaba un charco bajo el cuerpo. Se había cortado las palmas de las manos al agarrar la hoja. Ella retrocedió, muy despacio, con Aguja en la mano. Tenía que marcharse de allí, tenía que huir, muy lejos, a algún lugar donde estuviera a salvo de los ojos acusadores del mozo de cuadras.
Cogió de nuevo las bridas y los arneses, y corrió hacia su yegua, pero cuando se disponía a ensillarla cayó en la cuenta, espantada, de que las puertas del castillo estarían sin duda cerradas. También habría guardias en las poternas. Pero quizá no la reconocieran, quizá, si pensaban que era un chico, la dejarían... No, seguramente les habían ordenado que no dejaran salir a nadie, lo conocieran o no. Pero había otra manera de salir del castillo... La silla se le resbaló de las manos, cayó al suelo de golpe y levantó una nube de polvo. ¿ Podría encontrar de nuevo la habitación de los monstruos? No estaba segura, pero sabía que debía intentarlo.
Encontró las ropas que había recogido, se puso la capa y ocultó a Aguja entre sus pliegues. Con el resto hizo un hato, se lo colocó bajo el brazo y se deslizó hacia la puerta trasera del establo. La abrió y miró al exterior con ansiedad. Le llegó el sonido lejano de las espadas y el alarido de un hombre que gritaba de dolor al otro lado del patio. Tenía que bajar por las escaleras de caracol, y pasar por la cocina pequeña y la pocilga, así había llegado la vez anterior, cuando perseguía al enorme gato negro... sólo que para eso tendría que pasar justo por delante de los barracones de los capas doradas. No podía seguir esa ruta. Intentó pensar en otro camino. Si cruzaba por el otro lado del castillo, podría bajar a hurtadillas junto al muro que daba al río, y atravesar el pequeño bosque de dioses... pero entonces tendría que cruzar el patio, a la vista de los guardias que patrullaban sobre la muralla.
Nunca había visto tantos hombres en las murallas. Casi todos eran capas doradas, armados con lanzas. A algunos los conocía de vista. ¿ Qué harían si la veían cruzar el patio corriendo? Desde tan arriba la verían muy pequeña, ¿ sabrían quién era? ¿ Les importaría?
Tenía que marcharse de allí, inmediatamente. Pero estaba tan asustada que no conseguía moverse.
292