canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 289
literatura fantástica
Juego de tronos
—Exacto. Abrir los ojos es lo único necesario. El corazón miente y la mente engaña, pero los
ojos ven. Mira con los ojos. Escucha con los oídos. Saborea con la boca. Huele con la nariz. Siente con
la piel. Y sólo luego piensa, y así sabrás la verdad.
—Bien —sonrió Arya.
Syrio Forel también se permitió sonreír.
—Estoy pensando que cuando lleguemos a tu Invernalia será hora de que cojas a Aguja...
—¡Sí! —exclamó Arya, ansiosa—. Cuando me vea Jon...
Tras ellos, las grandes puertas de madera de la estancia se abrieron con estrépito. Arya se giró.
En la entrada había un caballero de la Guardia Real, y tras él cinco guardias Lannister. El
caballero vestía armadura completa, pero llevaba levantado el visor. Arya conocía aquellos ojos caídos
y aquellos bigotes de color óxido, porque había viajado desde Invernalia con el rey: era Ser Meryn
Trant. Los capas rojas llevaban cotas de mallas sobre las corazas, y cascos de acero con crestas en
forma de león.
—Arya Stark —llamó el caballero—. Ven con nosotros, niña.
—¿Qué queréis? —Arya se mordisqueó el labio, insegura.
—Tu padre te manda llamar.
Arya dio un paso hacia adelante, pero Syrio Forel la sujetó por el brazo.
—¿Y cómo es que Lord Eddard envía hombres de los Lannister, y no a los suyos? Me intriga.
—No te entrometas, maestro de danza —replicó Meryn—. Esto no es asunto tuyo.
—Mi padre no os enviaría a vosotros —dijo Arya. Esgrimió su espada de madera. Los
Lannister se echaron a reír.
—Suelta ese palo, niña —le dijo Ser Meryn—. Soy un Hermano Juramentado de la Guardia
Real, los Espadas Blancas.
—También lo era el Matarreyes cuando asesinó al viejo rey —dijo Arya—. No tengo por qué
ir con vosotros si no quiero.
—Cegedla —ordenó a sus hombres Ser Meryn Trant; se le había agotado la paciencia. Se bajó
el visor del yelmo.
Tres de los guardias avanzaron, las cotas de mallas tintineaban con cada paso. De repente,
Arya sintió un gran temor. «El miedo hiere más que las espadas», se dijo para controlar el ritmo
frenético de su corazón.
Syrio Forel se interpuso entre ellos y se dio unos golpecitos en la bota con la espada de
madera.
—Deteneos ahora mismo. ¿Qué sois, hombres o perros? Sólo un perro amenazaría a una niña.
—Aparta, viejo —ordenó uno de los capas rojas.
La espada de Syrio silbó y fue a chocar contra su casco. Soy Syrio Forel, y a partir de ahora
me hablarás con más respeto.
—Calvo de mierda... —El hombre desenvainó la espada larga. El palo hendió el aire de nuevo
a una velocidad cegadora. Arya oyó un crujido audible, y la espada cayó tintineando contra el suelo de
piedra.
—¡Mi mano! —gimió el guardia, sujetándose los dedos rotos.
—Para ser un maestro de danza te mueves deprisa —dijo Ser Meryn.
—Tú eres lento para ser un caballero —replicó Syrio.
—Matad al braavosi y traedme a la niña —ordenó el caballero de la armadura blanca.
Los cuatro guardias Lannister desenvainaron las espadas. El quinto, el de los dedos rotos,
escupió y sacó una daga con la mano izquierda.
Syrio Forel entrechocó los dientes y asumió la postura de danzarín del agua, con la que sólo
presentaba al enemigo un costado.
—Arya, chica —dijo sin mirarla, sin apartar los ojos de los Lannister—, hoy ya no
danzaremos más. Vete ya. Corre con tu padre.
—«Veloz como un ciervo» —susurró Arya; no quería dejarlo solo, pero Syrio la había
enseñado a obedecer sus órdenes.
—Eso es —dijo Syrio Forel mientras los Lannister se acercaban.
Arya dio un paso atrás con la espada de madera bien apretada en la mano. Al observar a Syrio,
comprendió que cuando se batía con ella no hacía más que jugar. Los capas rojas se acercaron a él
desde tres lados, todos con acero en las manos. Tenían el pecho y los brazos defendidos con cotas de
mallas, y defensas de acero en las ingles, pero las piernas sólo las protegían con cuero. Llevaban las
manos desnudas, y aunque los yelmos les cubrían las narices no tenían visores para los ojos.
289