canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 277
literatura fantástica
Juego de tronos
atreverá a enfrentarse a nosotros. El Consejo os confirmará como Lord Protector, y Joffrey será
vuestro pupilo.
—Robert aún no ha muerto —dijo Ned mirándolo fríamente—. Puede que los dioses lo
salven. En caso contrario, convenceré al Consejo para que obedezca su última voluntad y considere el
asunto de la sucesión, pero no deshonraré sus últimas horas en esta tierra derramando sangre en sus
salones, ni sacando a niños asustados de sus camas.
—Cada momento de retraso le da a Cersei otro momento para prepararse. —Lord Renly, tenso
como la cuerda de un arco, dio un paso atrás—. Cuando Robert muera será demasiado tarde... para vos
y para mí.
—Entonces, recemos para que Robert no muera.
—No parece muy probable —replicó Renly.
—A veces los dioses son misericordiosos.
—Los Lannister, no. —Lord Renly se dio media vuelta, volvió a cruzar el foso y entró en la
torre donde yacía su hermano moribundo.
Ned llegó a sus habitaciones, agotado y triste, pero era imposible que pudiera conciliar el
sueño en aquel momento. «Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir», le había
dicho Cersei Lannister en el bosque de dioses. Ya no estaba tan seguro de haber hecho lo correcto al
rechazar la oferta de Lord Renly. No le gustaban aquellas intrigas, y amenazar a niños no era
honorable, pero, aun así... Si Cersei optaba por luchar, Y no por huir, iba a necesitar las cien espadas
de Renly, y más todavía.
Ve a buscar a Meñique —dijo a Cayn—. Si no está en sus habitaciones, llévate a tantos
hombres como hagan falta y registra cada taberna y cada burdel de Desembarco del Rey hasta que lo
encuentres. Quiero
verlo antes del amanecer. —Cayn hizo una reverencia y se marchó. Ned se volvió hacia
Tomard—. El Bruja del Viento zarpará con la marea del anochecer, ¿has elegido ya la escolta?
—Diez hombres, con Porther al mando.
—Veinte, y tú irás al mando —replicó Ned.
Porther era un hombre valiente pero testarudo. Quería que de sus hijas se ocupara alguien más
concienzudo y sensato.
—A vuestras órdenes, mi señor —respondió Tom—. No se puede decir que lamente irme de
aquí. Echo de menos a mi mujer.
—Antes de poner rumbo hacia el norte, deberás pasar por Rocadragón. Quiero que entregues
una carta.
—¿Rocadragón, mi señor? —Tom parecía inquieto. La isla fortaleza de la Casa Targaryen
tenía una reputación siniestra.
—Dirás al capitán Qos que ice mi estandarte en cuanto se divise la isla. Quizá desconfíen de
las visitas inesperadas. Si el capitán se resiste, ofrécele lo que sea necesario. Te daré una carta, que
deberás entregar en mano a Lord Stannis Baratheon. Sólo a él: ni a su mayordomo, ni al capitán de su
guardia, ni a su señora esposa, a Lord Stannis en persona.
—A vuestras órdenes, mi señor.
Tommard salió, y Lord Eddard se sentó y contempló la llama de la vela que ardía junto a él, en
la mesa. Por un momento, el dolor lo invadió. No deseaba nada más que ir al bosque de dioses,
arrodillarse ante el árbol corazón y rezar por la vida de Robert Baratheon, que para él había sido más
que un hermano. En el futuro los hombres murmurarían, dirían que Eddard Stark había traicionado la
amistad de su rey, que había desheredado a sus hijos; él esperaba que los dioses supieran la verdad, y
que Robert también la descubriera en las tierras que había más allá de la tumba.
Ned cogió la última carta del rey. Un rollo de pergamino blanco, crujiente, con un sello de
cera dorada, unas cuantas palabras y una mancha de sangre. Qué pequeña era la diferencia entre la
victoria y la derrota, entre la vida y la muerte.
Cogió una hoja de papel en blanco, mojó la pluma en el tintero y escribió:
A Su Alteza, Stannis de la Casa Baratheon. Cuando recibáis esta carta, vuestro hermano,
Robert, que ha sido nuestro rey durante los quince pasados años, ya habrá muerto. Lo hirió un jabalí
mientras cazaba...
Las letras parecían bailar y retorcerse sobre el papel, y tuvo que detenerse. Lord Tywin y Ser
Jaime no eran hombres que soportaran el ultraje. No huirían, presentarían batalla. Sin duda Lord
Stannis extremaba la cautela tras el asesinato de Jon Arryn, pero era imprescindible que pusiera rumbo
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