canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 270
literatura fantástica
Juego de tronos
—Vino —confirmó Ser Jorah—, y tenía intención de reclutar algunos hombres para su
ejército, de entre los mercenarios que escoltan las caravanas. —Una sirvienta le puso delante una
empanada de morcilla, y Ser Jorah la cogió con ambas manos.
—¿Os parece buena idea? —preguntó Dany—. No tiene dinero para pagar soldados. ¿Y si lo
traicionan? —Los guardias de las caravanas no tenían muchos problemas en cuestión de honor, y el
Usurpador de Desembarco del Rey les pagaría muy bien por la cabeza de su hermano—. Deberíais
haber ido con él para protegerlo. Sois su espada juramentada.
—Estamos en Vaes Dothrak —le recordó—. Aquí nadie puede llevar armas ni derramar
sangre humana.
—Pero mueren hombres —replicó ella—. Me lo ha contado Jhogo. Algunos mercaderes
tienen eunucos muy corpulentos, capaces de estrangular a los ladrones con una tira de seda. De esa
manera no se derrama sangre, y los dioses no se enfurecen.
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—En ese caso, esperemos que vuestro hermano tenga suficiente sentido común para no robar
nada. —Ser Jorah se limpió la grasa de la boca con el dorso de la mano, y se inclinó hacia delante—.
Viserys tenía intención de llevarse vuestros huevos de dragón, pero le advertí que, si se atrevía a
tocarlos, le cortaría la mano.
—Los huevos... —Durante un instante Dany se quedó tan perpleja que no supo qué decir—.
Pero si son míos, me los regaló el magíster Illyrio, fueron un obsequio de bodas... y para qué los quiere
Viserys, si son sólo piedras...
—Lo mismo se puede decir de los rubíes, los diamantes y los ópalos de fuego, princesa. Y los
huevos de dragón son mucho más raros. Los mercaderes con los que ha estado bebiendo venderían sus
miembros por una de esas «piedras», así que con las tres Viserys podría comprar tantos mercenarios
como quisiera.
—Entonces... —Dany no lo sabía, ni siquiera se lo había imaginado—. Entonces debería
dárselos. No tiene por qué robarlos, sólo hacía falta que los pidiera. Es mi hermano... y mi rey.
—Es vuestro hermano —reconoció Ser Jorah.
—No lo entendéis, ser —dijo ella—. Mi madre murió al traerme al mundo, mi padre y mi
hermano Rhaegar murieron antes. De no ser por Viserys ni siquiera sabría sus nombres. Era lo único
que me quedaba. Lo único. Es lo único que tengo.
—Hablad en pasado —replicó ser Jorah—. Eso ha cambiado, khale-esi. Ahora pertenecéis a
los dothrakis. En vuestro vientre cabalga el semental que monta el mundo. —Tendió la copa, y un
esclavo se la llenó de leche fermentada de yegua, de olor agrio y llena de grumos.
Dany rechazó la suya. Hasta el olor le daba náuseas, y no quería correr el riesgo de vomitar el
corazón de caballo que había conseguido comerse.
—¿Qué significa eso? Todos lo gritan sin parar, pero no lo entiendo.
—El semental es el khal de khals, el que anuncian las antiguas profecías, niña. Unirá a los
dothrakis en un khalasar, y cabalgará hasta los confines de la tierra, según las leyendas. Todos los
pueblos del mundo serán su manada.
—Oh —dijo Dany con voz tenue. Se acarició el vientre hinchado, por encima de la túnica—.
Lo voy a llamar Rhaego.
—Ese nombre hará que al Usurpador se le hiele la sangre en las venas.
De pronto Doreah le tironeó del codo.
—Mi señora —susurró con voz apremiante—, vuestro hermano...
Dany miró hacia el otro extremo de la larga sala sin techo, y allí estaba, avanzando hacia ella.
Por su manera de caminar, comprendió que Viserys había conseguido vino... y algo semejante al valor.
Llevaba las ropas de seda escarlata, sucias y desgastadas por el viaje. La capa y los guantes
eran de terciopelo negro desteñido por el sol. Las botas estaban secas y agrietadas, y el cabello rubio
plateado revuelto y sucio. En la vaina de cuero del cinturón llevaba una espada larga. Los dothrakis
miraron el acero; Dany oyó las maldiciones, las amenazas y los murmullos airados que se alzaban
como una marea. La música se detuvo con un sonido nervioso de tambores.
—Id con él —ordenó a Ser Jorah. El corazón se le había helado en el pecho—. Detenedlo.
Traedlo aquí. Decidle que le daré los huevos de dragón si los quiere. —El caballero se levantó
rápidamente.
—¿Dónde está mi hermana? —gritó Viserys con la voz turbia de los borrachos—. He venido a
su festín. ¿Cómo os atrevéis a comer sin mí? Nadie come antes que el rey. ¿Dónde está? Esa puta no
se puede esconder del dragón.
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