canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 248
literatura fantástica
Juego de tronos
Catelyn os recompensaría por vuestra ayuda, quizá incluso que os tomaría a su servicio. Bueno, creo
que esto ya está. ¿Tienes pedernal?
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Bronn metió dos dedos en la bolsa que le colgaba del cinturón y le lanzó un trozo de pedernal.
Tyrion lo atrapó en el aire.
—Muchas gracias —dijo—. Lo malo era que no conocíais a los Stark. Lord Eddard es un
hombre orgulloso, honorable y honrado, y su esposa es todavía peor. Oh, no me cabe duda de que os
habría dado un par de monedas cuando esto acabara, os las habría puesto en la mano con una palabra
adecuada y una mueca de repugnancia, pero nada más. Los Stark sólo quieren a su servicio hombres
valientes, leales y nobles. Y vamos a ser sinceros, Chiggen y tú erais escoria. —Tyrion chocó el
pedernal contra la daga, tratando de provocar una chispa. No sucedió nada.
—Tienes una lengua muy osada, hombrecito —dijo Bronn dejando escapar un bufido—. El
día menos pensado alguien te la cortará y te la hará tragar.
—Eso me dice todo el mundo. —Tyrion alzó la vista hacia el mercenario—. ¿Te he ofendido?
Pues perdóname... pero eres escoria, Bronn, no te llames a engaño. No te importa nada el honor, el
deber ni la amistad. No, no te molestes, los dos sabemos que es así. Pero no eres ningún idiota. Una
vez llegamos al Valle, Lady Stark ya no te necesitaba... y en cambio, yo sí. Y si hay algo de lo que los
Lannister estamos sobrados es de oro. Cuando llegó el momento de lanzar los dados, contaba con que
fueras suficientemente listo como para saber qué te interesaba más. Y, por suerte para mí, así fue. —
Volvió a chocar la piedra contra el acero, sin resultados. Bronn se acuclilló a su lado.
—Espera, ya lo hago yo. —Le cogió la daga y el pedernal, los hizo chocar y las chispas
saltaron al primer intento. Un rizo de corteza empezó a humear.
—Bien hecho —dijo Tyrion—. Puede que seas escoria, pero resultas de lo más útil, y con la
espada en la mano eres casi tan bueno como mi hermano Jaime. ¿Qué quieres, Bronn? ¿Oro? ¿Tierra?
¿Mujeres? Mantenme con vida y lo tendrás.
—¿Y si mueres? —Bronn sopló con suavidad sobre el fuego y las llamas se elevaron.
—En fin, al menos tendré a alguien que me llore con dolor sincero —sonrió Tyrion—. El oro
se acaba conmigo.
El fuego chisporroteaba alegremente. Bronn se levantó, volvió a guardarse el pedernal en la
bolsa y entregó la daga a Tyrion.
—Me parece muy bien —dijo—. Mi espada está a tu servicio... pero no pienso ir por ahí
hincando la rodilla en tierra y llamándote «mi señor» cada vez que te tiras un pedo. Yo no adulo a
nadie.
—Tampoco eres amigo de nadie —replicó Tyrion—. No me cabe duda de que me
traicionarías tan deprisa como traicionaste a Lady Stark si con ello sacaras algún beneficio. Si en
algún momento te entran tentaciones de venderme, acuérdate de esto, Bronn: igualo cualquier
oferta, la que sea. Me gusta la vida. En fin, ¿no ibas a buscar algo para que cenáramos?
—Cuida de los caballos —replicó Bronn al tiempo que desenfundaba el cuchillo largo que
le colgaba de la cadera. Se adentró entre los árboles.
Una hora más tarde los caballos estaban alimentados y cepillados, el fuego chisporroteaba
alegremente y una pierna de cabrito giraba sobre las llamas en un espetón.
—Lo único que nos falta es un buen vino para bajar el cabrito —dijo Tyrion.
—Eso, una mujer y una docena de hombres armados —replicó Bronn. Estaba sentado ante
la hoguera, con las piernas cruzadas, y afilaba la espada con una piedra de amolar. El sonido que
hacía al pasarla por el acero resultaba, a su extraña manera, reconfortante—. Pronto habrá
anochecido del todo —señaló el mercenario—. Me encargaré de la primera guardia, aunque no va
a servir de gran cosa. Casi sería mejor dejar que nos mataran mientras dormimos.
—Oh, me imagino que estarán aquí mucho antes de que nos durmamos. —El olor del
cabrito hacía salivar a Tyrion. Bronn lo miró desde el otro lado de la hoguera.
—Tienes un plan —dijo sin dejar de afilar el acero.
—Más bien una esperanza —respondió Tyrion—. Otra tirada de dados.
—¿En la que te juegas nuestras vidas?
—¿Qué alternativa nos queda? —Tyrion se encogió de hombros, se inclinó sobre el fuego
y cortó una fina tajada de cabrito—. Ah... —suspiró, feliz, mientras masticaba. La grasa le corrió
por la barbilla—. Está un poco duro para mi gusto, y le faltan condimentos, pero no voy a
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