literatura fantástica
Juego de tronos
—¿ Vas a unirte al festival de los locos?— gritó Ser Brynden—. Te diría que le dieras una buena bofetada a ver si se le metía algo de sentido común en la cabeza, pero no serviría de nada, sólo te magullarías la mano.— Ha llegado un pájaro de Aguasdulces— empezó Catelyn—. Con una carta de Edmure...— Ya lo sé, pequeña.— El pez negro con que se abrochaba la capa era la única concesión que Brynden hacía en cuestión de ornamentos—. He tenido que enterarme a través del maestre Colemon. Le pedí a tu hermana que me dejara partir con un millar de jinetes para ir inmediatamente a Aguasdulces. ¿ Y sabes qué me ha dicho? « El Valle no puede prescindir ahora de mil espadas, no puede prescindir ni de una espada, tío. Eres el Caballero de la Puerta. Tu lugar está aquí.»— Del otro lado de la puerta les llegó el sonido de una carcajada infantil. Su tío echó un vistazo por encima del hombro, sombrío—. Le he dicho que más vale que se vaya buscando otro Caballero de la Puerta. Pescado negro o no, sigo siendo un Tully. Me marcharé a Aguasdulces antes de que anochezca.
—¿ Solo?— Catelyn no se molestó en fingir sorpresa—. Sabes tan bien como yo que no sobrevivirías en el camino alto. Ser Rodrik y yo vamos a volver a Invernalia. Ven con nosotros, tío. Yo te daré mil hombres. Aguasdulces no tendrá que luchar a solas.
— Como tú digas— asintió Brynden con gesto brusco después de meditar un instante—. Es el camino más largo para volver a casa, pero así al menos llegaré. Te espero abajo.— Se alejó a zancadas, con la capa ondeando a la espalda.
Catelyn intercambió una mirada con Ser Rodrik. Ambos se encaminaron hacia el lugar de donde procedían las nerviosas risitas infantiles.
Las habitaciones de Lysa daban a un pequeño jardín, un círculo de tierra y hierba con flores azules, rodeado de altas torres blancas. Los diseñadores habían intentado que fuera un bosque de dioses, pero el Nido de Águilas reposaba sobre la piedra dura de la montaña, y por mucha tierra fértil que acarrearan desde el Valle no consiguieron que arraigara ningún arciano. De manera que los señores del Nido de Águilas plantaron hierba y distribuyeron unas cuantas estatuas entre los arbustos bajos. Allí se reunirían los dos campeones, para poner sus vidas y la de Tyrion Lannister en las manos de los dioses.
Lysa, con el pelo recién cepillado y envuelta en una túnica de terciopelo color crema, con un collar de zafiros y adularias que le rodeaba el cuello lechoso, daba audiencia en una terraza desde la que se divisaba el lugar del combate, rodeada por sus caballeros, pretendientes, grandes señores y señores de mediana importancia. Muchos de ellos seguían teniendo la esperanza de poder casarse con ella, llevarla a la cama y gobernar a su lado el Valle de Arryn. Por lo que había visto Catelyn durante su estancia en el Nido de Águilas, era una esperanza vana.
Se había erigido una plataforma de madera para elevar el trono de Robert. Y allí estaba el señor del Nido de Águilas, entre risitas y palmoteos, mientras un titiritero jorobado vestido con abigarradas ropas azules y blancas hacía que dos marionetas de madera se lanzaran tajos y estocadas. Se habían dispuesto jarras de crema espesa y cestas de moras, y los invitados bebían vino dulce aromatizado con naranja en copas de plata labrada. El festival de los locos, como lo había llamado Brynden, con toda razón.
Al otro lado de la terraza, Lysa reía alegremente alguna broma de Lord Hunter, y mordisqueaba una mora en la punta de la daga de Ser Lyn Corbray. Eran los pretendientes favoritos de Lysa... al menos aquel día. A Catelyn le habría costado decidir cuál de los dos hombres era menos adecuado. Eon Hunter era aún más viejo que Jon Arryn, la gota lo tenía casi imposibilitado y cargaba con la maldición de tres hijos pendencieros y a cuál más codicioso. Ser Lyn era un loco de otro tipo: delgado, atractivo, heredero de una casa antigua pero venida a menos, engreído, temerario, de genio vivo... y, según se decía, su desinterés por los encantos íntimos de las mujeres era notorio. Lysa vio a Catelyn y la recibió con un abrazo fraternal y un beso húmedo en cada mejilla.— Qué mañana tan bonita, ¿ verdad? Los dioses nos sonríen. Toma una copa de vino, mi querida hermana. Lord Hunter ha tenido la amabilidad de hacer que lo subieran de sus bodegas.— No, gracias. Tenemos que hablar, Lysa.— Luego— le prometió su hermana, al tiempo que empezaba a darse la vuelta.— Ahora.— Catelyn habló más alto de lo que pretendía. Los hombres se volvieron para mirarla—. No puedes seguir adelante con esta locura, Lysa. El Gnomo sólo tiene valor vivo. Muerto no vale ni como carroña para los cuervos. Y si venciera su campeón...
— Es poco probable, mi señora— la tranquilizó Lord Hunter, palmeándole la espalda con una mano llena de manchas hepáticas—. Ser Vardis es un guerrero valeroso. Dará buena cuenta del mercenario.
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