canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 234
literatura fantástica
Juego de tronos
El rey, rojo de ira, le asestó un violento golpe con el dorso de la mano. Cersei Lannister se
tambaleó contra una mesa y cayó al suelo, pero no dejó escapar ni una lágrima. Se llevó los finos
dedos a la mejilla magullada, donde la piel blanca empezaba ya a enrojecerse. Al día siguiente el
moretón le cubriría la mitad del rostro.
—Luciré esto como símbolo de honor —anunció.
—Pues lúcelo en silencio, o te honraré de nuevo —juró Robert. Llamó al guardia a gritos. Ser
Meryn Trant, alto y sombrío en su armadura blanca, entró en la estancia—. La reina está cansada.
Acompáñala a su dormitorio.
El caballero ayudó a Cersei a ponerse en pie, y la acompañó sin decir palabra.
—Ya has visto lo que me hace esa mujer, Ned. —Robert cogió la jarra, volvió a llenarse la
copa y se sentó, con la copa de vino en la mano—. Mi querida esposa. La madre de mis hijos. —La ira
se había esfumado. Ned vio en sus ojos tristeza y miedo—. No debería haberla golpeado. No ha sido...
no ha sido propio de un rey. —Bajó la vista y se examinó las manos como si se las viera por primera
vez—. Siempre he sido fuerte... nadie podía conmigo, nadie. Pero, ¿cómo se pelea con alguien si no lo
puedes golpear? —El rey sacudió la cabeza, confuso—. Rhaegar... maldita sea, Rhaegar venció. Yo lo
maté, Ned, le traspasé la armadura negra hasta su negro corazón, murió a mis pies. Se compusieron
canciones
sobre aquello. Pero, aun así, venció. Ahora él tiene a Lyanna, y yo la tengo a ella. —Vació su
copa.
—Alteza —empezó Ned Stark—, tenemos que hablar.
—Estoy harto de hablar, harto. —Robert se apretó las sienes con los dedos—. Mañana iré a
cazar al Bosque Real. Sea lo que sea lo que quieres decirme, tendrá que esperar hasta mi regreso.
—Si los dioses son bondadosos no estaré aquí cuando regreses. Me ordenaste volver a
Invernalia, ¿recuerdas?
—Los dioses no son bondadosos, Ned. —Robert se levantó. Tuvo que agarrarse a uno de los
postes de la cama para mantener el equilibrio—. Toma, esto es tuyo. —Se sacó de un bolsillo en el
forro de la capa el pesado broche de plata en forma de mano, y lo tiró sobre la cama—. Te guste o no,
eres mi Mano. Te prohibo que te vayas.
—La chica, la Targaryen... —Ned cogió el broche de plata. Por lo visto no le dejaba ninguna
elección. La pierna le palpitaba, y se sentía impotente como un bebé.
El rey dejó escapar un gemido.
—Por los siete infiernos, no empieces con ella otra vez. Está decidido. No pienso discutirlo
más.
—¿Por qué quieres que sea la Mano, si te niegas a escuchar mis consejos?
—¿Por qué? —Robert se echó a reír—. ¿Y por qué no? Alguien tiene que gobernar este
maldito reino. Ponte el broche, Ned. Te sienta muy bien. Y si alguna vez vuelves a tirármelo a la cara,
te juro que se lo pondré a Jaime Lannister.
234