canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 229
literatura fantástica
Juego de tronos
Aquí es donde me lo juego todo, pensó él al tiempo que lanzaba otra mirada rápida en
dirección a Bronn.
—¿Por dónde podría empezar? Sí, soy un hombrecillo vil, lo confieso. Damas, caballeros, mis
pecados son incontables. Me he acostado con prostitutas, y no una vez, sino cientos. He deseado la
muerte de mi padre, y también la de mi hermana, nuestra reina. —Alguien a su espalda dejó escapar
una risita—. No siempre he sido bondadoso con mis sirvientes. He apostado. Me sonroja admitirlo,
pero también he hecho trampas. He dicho muchas cosas crueles y maliciosas de las nobles damas y
caballeros de la corte. —Aquello provocó otra carcajada—. En cierta ocasión...
—¡Silencio! —El rostro blanco de Lysa Arryn estaba congestionado de ira—. ¿Qué hacéis,
enano?
—Es evidente, mi señora. —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado—. Confieso mis crímenes.
—Se os acusa de enviar a un asesino a sueldo para que asesinara en su lecho a mi hijo Bran —
dijo Catelyn Stark dando un paso al frente—, y de conspirar para acabar con la vida de Lord Jon
Arryn, la Mano del Rey.
—Esos crímenes no los puedo confesar —dijo Tyrion encogiéndose de hombros—. No sé
nada de ningún asesinato.
—No permitiré que os burléis de mí —dijo Lady Lysa levantándose del trono de arciano—.
Ya os habéis reído un rato, Gnomo. Espero que os hayáis divertido. Ser Verdis, llevadlo otra vez a las
mazmorras... pero buscadle una celda más pequeña, con el suelo más inclinado.
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—¿Así es como se hace justicia en el Valle? —rugió Tyrion en voz tan alta que Ser Vardis se
quedó paralizado un instante—. ¿Es que todo el honor se queda en la Puerta de la Sangre? Me acusáis
de crímenes, niego haberlos cometido, y me encerráis en una celda a cielo abierto para que muera de
frío y hambre. —Alzó la cabeza para que todos pudieran ver las magulladuras que le había hecho
Mord en la cara—. ¿Dónde está la justicia del rey? ¿Acaso el Nido de Águilas no forma parte de los
Siete Reinos? Me acusáis. Muy bien. ¡Pues exijo un juicio! Permitidme hablar, y que los dioses y los
hombres juzguen si lo que digo es cierto o falso.
Un murmullo recorrió la Sala Alta. Tyrion supo que había ganado. Era un noble, hijo del señor
más poderoso del reino, hermano de la mismísima reina. No podían negarle un juicio. Algunos
guardias con capas azul celeste habían echado a andar hacia Tyrion, pero Ser Varis les dio el alto y
miró a Lady Lysa.
La pequeña boca de la mujer estaba retorcida en una sonrisa petulante.
—Si os juzgamos y os declaramos culpable de los crímenes que se os atribuyen, las mismas
leyes del rey dictan que paguéis con vuestra sangre. En el Nido de Águilas no tenemos verdugos que
decapiten, mi señor de Lannister. Simplemente, abrimos la Puerta de la Luna.
El grupo de espectadores se separó. Había una estrecha puerta de arciano entre dos columnas
de mármol, y en la madera blanca se veía una medialuna. Los que se encontraban más cerca
retrocedieron cuando una pareja de guardias avanzó hacia la puerta. Uno retiró los pesados barrotes de
bronce, y el segundo abrió la puerta hacia adentro. La ráfaga de viento que entró aullando agitó sus
capas azules. Tras la puerta se veía el cielo nocturno, salpicado de estrellas frías e impasibles.
—Contemplad la justicia del rey —dijo Lysa Arryn.
Las llamas de las antorchas se agitaron como pendones a lo largo de las paredes, y más de una
se apagó.
—Lysa, no me parece buena idea —dijo Catelyn Stark mientras el viento negro azotaba la
sala.
—Decís que queréis un juicio, mi señor de Lannister —continuó Lysa sin hacer caso del
comentario de Catelyn—. Muy bien, tendréis un juicio. Mi hijo escuchará lo que digáis, y luego vos
escucharéis su sentencia. Después os podréis marchar... por una puerta o por la otra.
Parecía muy satisfecha consigo misma, y Tyrion pensó que tenía motivos para ello. La
perspectiva de un juicio no le parecía amenazadora, su hijo debilucho era el juez. Tyrion echó un
vistazo a la Puerta de la Luna. «Haz que vuele el hombre malo», había pedido el niño. ¿A cuántos
hombres habría arrojado por aquella puerta el condenado mocoso?
—Os lo agradezco, mi señora, pero no hay por qué molestar a Lord Robert —dijo Tyrion con
cortesía—. Los dioses saben que soy inocente. Prefiero su veredicto al juicio de los hombres. Exijo un
juicio por combate.
Las carcajadas llenaron la Sala Alta de los Arryn. Lord Néstor Royce dejó escapar un bufido,
y Ser Willis rió entre dientes. Ser Lyn Corbray se estremecía entre risotadas, y otros rieron tanto que
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