canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 220

literatura fantástica Juego de tronos
— Quiero ir contigo— protestó Bran.— Si voy yo solo los encontraré antes.— Robb espoleó a su capón y se perdió entre los árboles.
Cuando se encontró a solas, Bran tuvo la sensación de que los árboles se cerraban en torno a él. La nieve empezaba a caer más densa. Se derretía tan pronto tocaba el suelo, pero a su alrededor tanto las rocas como las raíces y las ramas empezaban a lucir ya una fina sábana blanca. Poco a poco se fue sintiendo incómodo. No sentía las piernas, que le colgaban inútiles en los estribos, pero la correa que llevaba en torno al pecho estaba muy apretada, y la nieve derretida le había empapado los guantes, con lo que tenía las manos congeladas. No sabía por qué Theon, y el maestre Luwin, y Joseth y los demás tardaban tanto.
Al oír el crujido de las hojas a su espalda, Bran movió las riendas para que Bailarina se diera media vuelta, con la esperanza de encontrarse con sus amigos, pero los hombres harapientos que aparecieron en la orilla del río eran completos desconocidos.
— Buenos días— saludó, nervioso. Una simple mirada le había bastado para saber que no eran guardabosques, ni tampoco campesinos. De pronto se dio cuenta de lo lujosas que eran las ropas que llevaba. Lucía un chaleco nuevo, de lana gris oscura con botones de plata, y se aseguraba la capa ribeteada de pieles con un gran broche de plata. También las botas y los guantes tenían forro de piel.
— Estás solo, ¿ eh?— dijo el más corpulento, un hombre calvo de rostro curtido por el viento—. Pobre chico, se ha perdido en el Bosque de los Lobos.
— No me he perdido.— A Bran no le gustaban las miradas de los desconocidos. Los contó, eran cuatro, pero al volver la cabeza vio a dos más a su espalda—. Mi hermano se ha alejado un momento, y mis guardias no tardarán en llegar.
— Tus guardias, ¿ eh?— dijo un segundo hombre, con barba gris de varios días en las mejillas demacradas—. ¿ Y qué es lo que guardan, señorito? ¿ Ese broche de plata que llevas en la capa?
— Es bonito— dijo una voz de mujer. Aunque no parecía una mujer; era alta y flaca, tenía el rostro endurecido como el de los demás, y se ocultaba el pelo bajo un casco en forma de cuenco. Llevaba una lanza de dos metros, con asta de roble negro y punta de acero oxidado.— Vamos a verlo mejor— sugirió el calvo. Bran lo miró, nervioso. Las ropas del hombre estaban sucias, casi destrozadas, con parches marrones, azules, verdes, casi todos desteñidos hasta parecer grises, aunque quizá en el pasado su capa fue negra. El hombre de la barba incipiente también llevaba harapos negros, y Bran se sobresaltó. De pronto, recordó al hombre al que su padre había decapitado el día que encontraron a los cachorros de huargo. También aquél había vestido el negro, y su padre le explicó que era un desertor de la Guardia de la Noche. « No hay ser más peligroso— fueron las palabras de Lord Eddard—. El desertor sabe que, si lo atrapan, se puede dar por muerto, así que no se detendrá ante ningún crimen por espantoso que sea.»— El broche, mocoso— dijo el hombre corpulento y extendió la mano.— Nos llevaremos también el caballo— dijo una mujer más baja que Robb, con cara de plato y pelo rubio muy lacio—. Bájate, venga.— Se sacó de la manga un cuchillo de hoja serrada.— No...— tartamudeó Bran—. No puedo...— Antes de que Bran tuviera tiempo de hacer que Bailarina se diera la vuelta para alejarse al galope, el hombre corpulento agarró las riendas.— Claro que puedes, señorito. Y haz lo que te han dicho, si sabes lo que te conviene.— Mira cómo va sujeto a la silla, Stiv.— La mujer alta apuntó con la lanza—. Puede que diga la verdad.— Son correas, ¿ verdad?— asintió Stiv. Se sacó una daga de la funda que le colgaba del cinturón—. De eso me encargo yo.—¿ Eres una especie de tulllido?— preguntó la mujer baja.— Soy Brandon Stark de Invernalia— dijo Bran, mirándolo rabioso—, y si no sueltas mi caballo os haré ajusticiar a todos.— No cabe duda, es un Stark.— El hombre flaco de la barbita gris se echó a reír—. Sólo los
Stark son tan idiotas como para amenazar cuando debería estar suplicando.— Córtale la picha y métesela en la boca— sugirió la mujer baja—. A ver si así se calla.
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