canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 198

literatura fantástica Juego de tronos —El rostro de la dama me resultaba familiar —dijo el Caballero de la Puerta alzándose el visor—. Estás muy lejos del hogar, pequeña Cat. —Tú también, tío —respondió ella con una sonrisa, pese a todos los sufrimientos de los días anteriores. Aquella voz ronca y gentil la hacía retroceder veinte años, a los días de su infancia. Mi hogar está a mi espalda —refunfuñó él. —Tu hogar está en mi corazón —le dijo Catelyn—. Quítate el yelmo. Quiero verte la cara otra vez. —Me temo que no ha mejorado con el paso de los años —dijo Brynden Tully. Pero hizo como le había pedido, y Catelyn vio que había mentido. Tenía el rostro arrugado y curtido, el tiempo le había quitado el oro del cabello y se lo había tornado gris, pero su sonrisa era la de siempre, al igual que las cejas pobladas, gruesas como orugas, y la risa que bailaba en sus ojos color azul oscuro. —¿Sabía Lysa que ibas a venir? —No tuve tiempo de enviarle un mensaje —respondió Catelyn. El resto del grupo se acercaba—. Me temo que somos los predecesores de la tormenta, tío. —¿Entramos en el Valle? —preguntó Ser Donnel. Los Waynwood eran dados a las ceremonias. —En nombre de Robert Arryn —proclamó Ser Brynden—, señor del Nido de Águilas, defensor del Valle, Verdadero Guardián del Oriente, os ruego que entréis con libertad y defendáis su paz. Pasad. Y así, entraron a caballo tras él, bajo la sombra de la Puerta de la Sangre, donde una docena de ejércitos se habían enfrentado a muerte en la Edad de los Héroes. Al otro lado de las edificaciones, la montaña se abría a un paisaje impresionante de prados verdes, cielos azules y montañas nevadas: el Valle de Arryn, bañado por la luz de la mañana. Se extendía hacia las nieblas de oriente, tierras tranquilas y ricas, con ríos anchos de aguas tranquilas y cientos de lagos que brillaban al sol como espejos, protegidos por picos escarpados. En los campos crecía trigo, maíz y cebada, y ni en Altojardín eran más grandes las calabazas ni más dulces las frutas. Ellos se encontraban en el extremo occidental del valle, donde el camino alto llegaba al último paso y empezaba a descender hacia las tierras fértiles, tres kilómetros más abajo. Allí el Valle era estrecho, apenas habría costado más de medio día cruzarlo a caballo, y las montañas del norte parecían tan cercanas que Catelyn casi podía tocarlas con los dedos. Por encima de todas destacaba el pico al que llamaban Lanza del Gigante, una cumbre a la que el resto de las cumbres miraba desde abajo, con la cima perdida entre las nieblas gélidas, a más de cinco kilómetros de las tierras de la cuenca. Por la inmensa vertiente occidental discurría el arroyo fantasma denominado Lágrimas de Alyssa. Pese a la distancia, Catelyn alcanzaba a distinguir la hebra de plata brillante sobre la piedra oscura. Al ver que se había detenido, su tío se acercó a ella y señaló con el dedo. —Es allí, junto a las Lágrimas de Alyssa. Desde aquí sólo se ve un destello blanco de cuando en cuando, y eso si prestas atención y el sol cae en la posición correcta. «Siete torres —le había contado Ned—, siete torres como siete dagas clavadas en el vientre del cielo, tan altas que, si subes a las almenas, ves las nubes desde arriba.» —¿A qué distancia a caballo? —preguntó. —Podemos llegar al pie de la montaña antes del ocaso —dijo el tío Brynden—, pero tardaremos un día más en el ascenso. —Mi señora —intervino Ser Rodrik Cassel, tras ellos—. Me temo que hoy ya no puedo seguir. —Bajo los bigotes que habían vuelto a crecerle tenía el rostro crispado y ceniciento. Parecía tan agotado que Catelyn temió que se cayera del caballo. —Ni tenéis por qué —dijo—. Habéis hecho todo lo que se podía pedir de vos y cien veces más. Mi tío me escoltará el resto del camino hasta el Nido de Águilas. Lannister vendrá conmigo, pero los demás podéis quedaros aquí para recuperar las fuerzas. —Será un honor para nosotros considerarlo nuestro invitado —dijo Ser Donne, con la cortesía solemne de los jóvenes. Del grupo que había iniciado el viaje con ella en la posada de la encrucijada sólo quedaban Bronn, Ser Willis Wode y Marillion el bardo, aparte de Ser Rodrik. —Mi señora —dijo Marillion adelantando su montura—, os ruego que me permitáis acompañaros al Nido de Águilas, para presenciar el final de esta historia igual que presencié su 198