canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 197
literatura fantástica
Juego de tronos
CATELYN
—Deberíais habernos anunciado vuestra llegada, mi señora —dijo Ser Donnel Waynwood
mientras los caballos ascendían por el paso—. Os habríamos enviado una escolta. El camino alto
ya no es tan seguro como en otros tiempos, y menos para un grupo tan pequeño como el vuestro.
—Lo hemos descubierto a un alto precio, Ser Donnel —respondió Catelyn. A veces tenía
la sensación de que su corazón se había trocado en piedra. Para ayudarla a llegar hasta allí habían
muerto seis hombres, seis valientes, y no había tenido lágrimas para llorarlos. Hasta empezaba a
olvidar sus nombres—. Los clanes nos han acosado día y noche. Perdimos tres hombres en el
primer ataque, dos más en el segundo, y el criado de Lannister murió de fiebres cuando se le
infectaron las heridas. Al oír llegar a vuestros hombres nos dimos por muertos.
Se habían preparado para una última pelea desesperada, con las espaldas contra las rocas y
las armas en las manos. El enano estaba afilando el hacha y hacía algún comentario jocoso cuando
Bronn divisó el estandarte de los jinetes, la luna y el halcón de la Casa Arryn, azul celeste y
blanco. Catelyn no había visto nada tan hermoso en su vida.
—Desde que murió Lord Jon, los clanes son cada vez más osados —dijo Ser Donnel. Era
un joven de veinte años rechoncho, poco agraciado, vehemente, con nariz ancha y una mata
espesa de pelo castaño—. Si de mí dependiera, iría a las montañas con cien hombres, los sacaría
de sus escondrijos y les daría una buena lección, pero vuestra hermana lo ha prohibido. Ni
siquiera permite que sus caballeros participen en el torneo de la Mano. Quiere que todos sus
hombres estén cerca, para defender el Valle... aunque nadie sabe de qué hay que defenderlo. Hay
quien piensa que de las sombras. —La miró con ansiedad, como si acabara de recordar quién era
su interlocutora—. Espero no haber hablado demasiado, mi señora. No era mi intención
ofenderos.
—La sinceridad no puede ofenderme, Ser Donnel. —Catelyn sabía de qué tenía miedo su
hermana. De las sombras no, de los Lannister, pensó al tiempo que lanzaba una mirada hacia el
enano que cabalgaba junto a Bronn. Aquellos dos se habían unido mucho desde la muerte de
Chiggen. El hombrecillo era demasiado astuto para su gusto. Al llegar a las montañas era su
prisionero, iba atado e impotente. ¿Y en aquel
momento? Seguía siendo su prisionero, pero cabalgaba junto a ellos con una daga en el
cinturón y un hacha colgada de la silla de montar, vestía la capa de gatosombra que había ganado
al bardo a los dados, y la cota de mallas que había tomado del cadáver de Chiggen. Cuarenta
hombres escoltaban al enano y al resto del desastrado grupo, eran caballeros y guerreros al
servicio de su hermana Lysa y del hijito de Jon Arryn, pero Tyrion no daba la menor muestra de
temor. Catelyn pensó, y no por primera vez, si se habría equivocado. Quizá fuera inocente de lo
de Bran, de lo de Jon Arryn, de todo lo demás. Y, entonces, ¿en qué lugar quedaba ella? Seis
hombres habían muerto para llevar al enano hasta allí. Dejó de lado sus dudas con resolución.
—Cuando lleguemos a los dominios, os ruego que hagáis llamar enseguida al maestre
Colemon. Las heridas de Ser Rodrik le han causado fiebre.
En más de una ocasión había temido que el anciano caballero no sobreviviera al viaje. Al
final apenas si se mantenía sobre la silla, y Bronn había intentado que lo abandonaran a su suerte,
pero Catelyn se negó en redondo. En vez de eso lo ataron a la silla, y ordenó al bardo Marillion
que velara por él.
—Lady Lysa ha ordenado que el maestre no salga bajo ningún concepto del Nido de
Águilas -respondió Ser Donnel después de titubear un instante—, tiene que cuidar de Lord Robert.
Pero en la puerta de la entrada hay un septon que cuida de los heridos. Puede echar un vistazo a
vuestro criado.
Catelyn tenía más fe en los conocimientos de un maestre que en las plegarias de un
septon. Estaba a punto de decirlo cuando divisó a lo lejos las almenas y los largos parapetos
edificados en la roca misma de las montañas. Un caballero salió a recibirlos cuando ya estaban
casi en la cima. Tanto el caballo como la armadura eran grises, pero lucía la capa azul y roja de
Aguasdulces, con un broche de oro y obsidiana en forma de pez negro.
—¿Quién quiere cruzar la Puerta de la Sangre? —proclamó.
—Ser Donnel Waynwood, con Lady Catelyn Stark y sus acompañantes —res