literatura fantástica
Juego de tronos
Entrecerró los ojos, y el rubor le subió por el cuello, por encima del terciopelo de los ropajes. Señaló a Ned con un dedo.
— Eres la Mano del Rey, Lord Stark. Harás lo que te ordene, o buscaré otra Mano que cumpla mis órdenes.
— Y yo le desearé la mejor de las suertes.— Ned se quitó el pesado broche con que se cerraba la capa: era una ornamentada mano de plata, símbolo de su cargo. La dejó en la mesa, ante el rey, sin poder evitar la tristeza por el recuerdo del hombre que se la había puesto, del amigo al que había querido—. Te creía mejor hombre, Robert. Pensé que habíamos puesto en el trono a un hombre más noble.
— Fuera— graznó Robert, atragantándose de ira; tenía el rostro de color púrpura—. Fuera, maldito seas, no quiero saber nada más de ti. ¿ A qué esperas? ¡ Lárgate, vuelve a Invernalia! Y pase lo que pase, que no vuelva a verte, ¡ o haré que claven tu cabeza en la punta de una estaca!
Ned hizo una reverencia y se dio media vuelta sin decir ni una palabra más. Sentía los ojos de Robert clavados en la espalda. Cuando salió de la cámara del Consejo, la discusión se reanudó sin apenas un segundo de pausa.
— En Braavos hay una sociedad que se denomina los Hombres sin Rostro— dijo el Gran Maestre Pycelle.
—¿ Tenéis la menor idea de lo caros que son?— se quejó Meñique—. Por la mitad del precio que cobran se podría contratar un ejército de mercenarios, y eso si se les encarga matar a un mercader. No quiero ni pensar lo que cobrarán por una princesa.
La puerta se cerró a su espalda y silenció las voces. Ser Boros Blount montaba guardia ante la cámara, vestía la capa larga blanca y la armadura de la Guardia Real. Miró a Ned con curiosidad por el rabillo del ojo, pero no preguntó nada.
Cruzó el patio en dirección a la Torre de la Mano, con la sensación de que el calor del día era denso y opresivo. Presentía en el aire la amenaza de la lluvia. A Ned le habría gustado. Tal vez la lluvia lo ayudara a sentirse un poco menos sucio. Al llegar a sus aposentos, hizo llamar a Vayon Poole. El mayordomo se presentó de inmediato.—¿ Me habéis llamado, Lord Mano?— Ya no soy la Mano— replicó Ned—. El rey y yo hemos discutido. Volvemos a Invernalia.— Empezaré con los preparativos inmediatamente, mi señor. Necesitaremos dos semanas para disponerlo todo para el viaje.— Puede que no tengamos ni una semana. Puede que no tengamos ni un día. El rey habló de clavar mi cabeza en una pica.
Frunció el ceño. No creía en realidad que el rey fuera a hacerle daño. No, Robert no. En aquel momento estaba furioso, pero en cuanto perdiera a Ned de vista la ira se desvanecería, como le sucedía siempre.
¿ Siempre? De pronto, con cierta incomodidad, recordó a Rhaegar Targaryen. Llevaba quince años muerto, pero Robert lo odiaba tanto como antes. Era una idea perturbadora... y también estaba el otro tema, el asunto de Catelyn y el enano acerca del que Yoren le había advertido la noche anterior. Sin duda aquello saldría pronto a la luz, y el rey estaba hecho una furia... A Robert no le importaba lo más mínimo Tyrion Lannister, pero se sentiría herido en el orgullo, y nadie sabía lo que haría la reina.
— Lo mejor sería que yo fuera por delante— dijo a Poole—. Me llevaré a mis hijas y a unos cuantos guardias. Los demás nos seguiréis en cuanto estéis preparados. Informa a Jory, pero no se lo digas a nadie más, y no hagas nada hasta que me marche con las niñas. Este castillo está lleno de ojos y orejas, y prefiero que nadie conozca mis planes.— Como ordenéis, mi señor. Cuando hubo salido, Eddard Stark se sentó junto a la ventana, pensativo. Robert no le había dejado otra salida. Casi debería darle las gracias. Quería volver a Invernalia. Nunca tendría que haberse marchado. Sus hijos lo aguardaban allí. Quizá Catelyn y él pudieran tener otro, aún no eran tan viejos. Y en los últimos días se había descubierto a menudo soñando con la nieve, con el silencio profundo del Bosque de los Lobos en la noche.
Y, aun así, la idea de marcharse lo enfurecía. Quedaba tanto por hacer... Robert y su Consejo de cobardes y aduladores dejarían el reino en la ruina si no hacía nada. O peor todavía, se lo vendería a los Lannister para pagar deudas. Y seguía sin saber la verdad acerca de la muerte de Jon Arryn. Sí, había descubierto algunos fragmentos, suficientes para convencerlo de que había sido asesinado, pero
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